Un vuelo secreto. Un plan delirante. Decenas de leyendas y teorías conspirativas. Una traición. El enojo y descontrol de Hitler. Las sospechas británicas. Un noble escocés desorientado. Churchill viendo una película de los Hermanos Marx. Un hombre que se recluyó en su propio silencio y en su propia locura durante casi medio siglo.
Es la mañana del 10 de mayo de 1941. Adolf Hitler está en su despacho reunido con otros jerarcas nazis. Un hombre ingresa con la cabeza gacha y el paso apurado y alarga, con timidez, una nota al Führer. El hombre, secretario privado de Rudolf Hess, sale más apurado aún que antes sin esperar que le den autorización. De pronto, un grito de Hitler. Un grito agudo, desaforado, cargado de frustración, casi animal. Hizo un bollo con el papel y, tratando destempladamente a los que lo rodeaban, mantuvo actividad frenética, maniática, durante toda la mañana. Cada tanto insultaba al aire, gritaba “¡Traidor!“.
Lo que había leído era una carta que su hombre de confianza le había escrito unas horas antes. Allí Rudolf Hess le contaba de su viaje súbito a Gran Bretaña y de sus planes de paz y de acuerdo con Churchill.

El vuelo solitario de Rudolf Hess a tierras escocesas, del que se cumplen 85 años, es uno de los grandes misterios de la Segunda Guerra. Es, también, uno de los varios eventos del nazismo que sigue generando mitos, versiones y teorías conspirativas ¿Por qué el tercero en la línea sucesoria del Tercer Reich fue a proponer personalmente un pacto de paz? ¿Fue una iniciativa personal? ¿Sabía Adolf Hitler del viaje? ¿Él lo envió? ¿Simuló Rudolf Hess su amnesia y su locura durante más de cuatro décadas?
Hess preparó su avión durante meses. Un Messerschmitt BF-110. Lo aprovisionó con medicinas, alimentos, abrigo y diversos elementos para la navegación y para su probable estadía en Gran Bretaña.
Despegó de Augsburgo el 9 de mayo de 1941, cuando empezaba a anochecer. Durante esa jornada ninguno de sus colaboradores lo vio alterado; hasta se hizo tiempo para merendar con su familia.
Ya de noche atravesó el Mar del Norte y enfiló hacia Escocia. Allí lo captaron los radares. Aviones ingleses salieron tras la presa pero Hess logró evadirlos. Voló a muy baja altura gran parte del trayecto. El combustible de la nave se consumía. Entre la necesidad de cambiar constantemente la ruta para esquivar al enemigo y la falta de apoyo en tierra, la travesía parecía complicada. Sin embargo, Hess nunca se desorientó. Su plan era aterrizar en una pequeña pista que tenía Lord Hamilton, un noble escocés, en su propiedad, pero no la encontró en la oscuridad. Ya sin combustible volvió a tomar altura para lanzarse en paracaídas. Cuando logró abrir la cabina, desatar el cinturón de seguridad, su pie se enredó y se lastimó el tobillo. De todas maneras logró saltar. Su paracaídas se abrió sin problemas. Cuando hizo contacto en tierra, mientras el avión sin control se estrellaba a unas decenas de metros entre unos pastizales, por el mal estado de su tobillo, golpeó la cabeza y perdió por unos momentos el conocimiento.
(Muchos años después, Rudolf Hess le confesó a su hijo que ese viaje en avión y su capacidad para llegar a destino pese a las circunstancias más que complejas era uno de los mayores orgullos de su vida).
El estruendo del avión estrellándose contra el suelo sacudió a los campesinos escoceses. Los habitantes del lugar atraídos por esa súbita y gigante hoguera se acercaron corriendo para descubrir qué era lo que había caído del cielo. Como eran tiempos de la Segunda Guerra Mundial, a nadie le sorprendió que se tratara de un avión.
El primero en llegar fue David MacLean, un agricultor que vivía a unos cien metros. Mientras corre, piensa la suerte que tuvo: su casa se salvó por poco. El fuego iluminaba a un hombre tirado en el césped, enredado en un paracaídas. Se lo veía conmocionado: “Apenas abrí los ojos, no entendía bien lo que pasaba. Tardé en darme cuenta que estaba en Escocia. Un hombre me ayudó. En la mirada de los otros había compasión y algo de lástima pero yo estaba bien”, dijo el jerarca nazi tiempo después.
MacLean ayudó al paracaidista. Caminaba con dificultad. Pero se recompuso, y con cierta solemnidad, se presentó: “Soy el Capitán Alfred Horn. Necesito hablar de manera urgente con Lord Hamilton”.
Esa misma noche, Lord Hamilton fue avisado de la visita. No conocía a ningún Horn. Sin embargo, a primera hora del día siguiente se encontró con él.

Apenas entró a la sala, el alemán se puso de pie, estiró su mano y dijo: “Soy Rudolf Hess. Vengo en misión humanitaria. Traigo una propuesta de paz del Führer”. Lord Hamilton, al ver al prisionero, lo identificó de inmediato: se habían conocido en los Juegos Olímpicos de Berlín del 36.
Hess, además de su verdadera identidad, reveló el motivo de su peculiar visita. Le dijo que Alemania quería alcanzar un acuerdo de paz. El Duque de Hamilton se negó al diálogo, dijo que todo ese asunto excedía sus posibilidades y alcance, y se retiró. No mentía. El Duque, un anciano en ese entonces, no tenía ya demasiada injerencia en la vida pública inglesa. El interrogante, que no tiene una respuesta unívoca, es por qué Hess consideró que él era el interlocutor válido.
Al noble británico le costó contactar a Winston Churchill. Cada paso de la cadena para llegar hasta él mostraba la incredulidad que generaba la historia. Hamilton viajó en dos aviones hasta llegar a la casa de campo en la que Churchill pasaba el fin de semana. “A ver, cuénteme de este extraño asunto suyo”, le dijo. Después de dos horas de charla, Churchill pidió un respiro porque quería ver una película de los Hermanos Marx.
Lo que Churchill decidió esa noche fue que debían determinar sin que quedaran dudas la identidad del prisionero, y luego rechazar cualquiera de sus ofertas. Estaba convencido de que no podía ser otra cosa que un engaño.
En la propuesta de Hess, Alemania se comprometía a no atacar a los ingleses y respetar sus colonias en el mundo, mientras tanto los nazis recuperaban los territorios perdidos en la Primera Guerra Mundial y tenían vía libre en el resto de Europa, en especial en la parte oriental. Los británicos sabían que de aceptar esto sólo ganarían un tiempo de paz, pero que en unos años los nazis irían de nuevo contra ellos.
Rudolf Hess acompañó a Hitler en su ascenso al poder. Estuvo en la cárcel con él, fue a quien Hitler le dictó Mi lucha. Ya en el gobierno ocupó distintos puestos, dirigió varios ministerios y siempre -hasta este vuelo- fue su hombre de confianza. Fue el número 2 del Partido Nazi; dirigía mitines, impulsaba leyes como las de Nuremberg, base normativa de la política racista. Pertenecía al círculo íntimo de Hitler.
Sin embargo desde el comienzo de la guerra, había sido desplazado. Eran otros los que eran escuchados con atención por el Führer, otros los que lograban filtrar sus ideas. Göering, Martin Bormann, Himmler, Albert Speer, los jefes de las Fuerzas Armadas. Hess sufría este desplazamiento.
En esos días se estaba por lanzar la Operación Barbarossa, la invasión nazi a la Unión Soviética. Tamaña decisión requería que toda la atención estuviera puesta allí. Se sospecha que ese fue el motivo que impulsó a Hess en su misión. Creyó que de esa manera recuperaría el lugar perdido en la corte del Führer. Si Alemania no tenía que preocuparse por el frente con Inglaterra y se abocaba en exclusividad a los soviéticos, sus posibilidades de triunfo eran mucho mayores.

Además de gritar, llamarlo traidor ante cada interlocutor e insultar al aire, Hitler tomó una decisión. Sin importar como terminara la cuestión, aún si se llegaba a un acuerdo con Churchill, a Hess le esperaba la pena de muerte. Lo sentenció en un minuto. Debía ser ejecutado apenas un alemán lo viera, se lo cruzara. Lo expulsó de todos los cargos oficiales que detentaba y lo degradó. Para Hitler se trataba de la peor traición que había sufrido en su vida pública.
¿Por qué Hess se animó a tanto y además eligió a Lord Hamilton como interlocutor? La teoría más sólida al respecto sostiene que todo se trató de un gran engaño de los servicios secretos ingleses que convencieron al alemán de que el noble sería el puente hacia Churchill (los soviéticos estaban convencidos de que así había sido). La ingeniería del fraude incluyó astrología, videntes y argumentos poco racionales pero a los cuales Hess era permeable (Goebbels utilizó estas inclinaciones de Hess para desprestigiarlo ante la opinión pública una vez que se conoció en Alemania su paseo inglés). El pensamiento mágico se impuso a las razones geopolíticas.
Los ingleses detuvieron a Hess y lo recluyeron. Pasó por varias cárceles y terminó confinado en la Torre de Londres hasta que luego de la guerra fue enviado a Nuremberg para su juzgamiento como criminal de guerra. Hess no fue escuchado por los ingleses y fue negado por los alemanes.
De todas maneras, el detenido no tenía muchas ganas de hablar. No sólo en los momentos de su detención sino a lo largo de los 46 años que le quedaban de vida. Impasible, su regla fue el silencio. Se convirtió en el rey de la desmemoria. Vivió casi medio siglo en una nube de amnesia y silencio.
El comandante inglés Sheppard escribió sobre Hess en un informe del 21 de mayo de 1941, una decena de días después de su detención: “A veces he dudado del equilibrio mental de él. Es astuto y egocéntrico. Tiene muy mal genio y hay que ir con pies de plomo si lo queremos engañar. Su carácter refleja crueldad, brutalidad, falsedad, engreimiento y arrogancia; también algo de cobardía. Creo que se ha quedado sin alma”.

Los interrogadores, especialistas en la cuestión, campeones olímpicos en aprovechar ocasiones, en esperar su momento, en filtrarse en los resquicios de la debilidad de sus oponentes, no podían con él. Los hacía perder fácilmente la paciencia. En cada charla, cientos de ellas, en cada interrogatorio, cientos de ellos, las preguntas y las estrategias de acercamiento variaban pero las respuestas eran inmutables. “No lo sé”, “No lo recuerdo” “¿No me diga?”. Rudolf Hess siempre respondía lo mismo.
Nadie le creía.
Convencidos de que estaba actuando, lo presionaban y ponían en juego todas las técnicas de interrogación y seducción conocidas pero ninguna dio resultado. En Nuremberg lo carearon con otros jerarcas caídos en desgracia. Pero nadie logró que hablara ni que demostrara atisbo de recuerdo alguno. Hess se convirtió en el hombre sin memoria.
Muchos nunca le creyeron. Sostenían que todo era una gran puesta en escena. De haber sido así -una posibilidad- se trató de la actuación más convincente y, especialmente, más prolongada de la historia. 46 años de mente en blanco, 46 años de sostener el personaje. Nadie supo bien nunca cuál era el estado mental de Hess. Logró despistarlos a todos. ¿Estaba completamente loco? ¿Era un eximio simulador? ¿O alternaba periodos lúcidos con ataques maníacos?
En Nuremberg fue condenado a cadena perpetua. El haber estado fuera del juego desde 1941 lo salvó de la horca. Estuvo recluido en Spandau el resto de su vida. Fue el último prisionero. La de Spandau se convirtió durante años en una cárcel, a cargo de cuatro países diferentes, de un solo prisionero. Murió el 17 de agosto de 1987. Tenía 93 años.

































