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El prócer de la tierra: el legado de Manuel Belgrano como el primer gran promotor del agro nacional

Al conmemorarse este 20 de junio el aniversario de su muerte, resurge la faceta menos conocida del creador de la Bandera: un intelectual influenciado por la Ilustración que defendió la educación técnica agraria, propició la rotación de cultivos y proyectó la primera matriz agroindustrial para el país.

La historia oficial grabó con fuerza la imagen de Manuel Belgrano diseñando los colores de la bandera a orillas del río Paraná o con el uniforme militar, liderando el Éxodo Jujeño.

Sin embargo, detrás del general de las guerras de la Independencia se escondía un economista brillante, un hombre de leyes que comprendió, antes que nadie, que los cimientos de la futura nación debían hundirse profundamente en los surcos de la tierra.

Belgrano fue, en esencia, el primer gran pensador y planificador de la política agropecuaria y agroindustrial argentina.

A la par de su fascinación por la fisiocracia, el joven Belgrano encontró en las aulas y debates europeos una obra que terminaría de disolver los viejos dogmas coloniales: “La riqueza de las naciones”, de Adam Smith.

La lectura del pensador escocés le permitió comprender que la verdadera fuente de la prosperidad no residía en la acumulación de oro y plata, sino en el trabajo humano, la libertad de comercio y la división del trabajo.

Al fusionar la valoración fisiócrata por los recursos naturales con el enfoque moderno de Smith sobre el desarrollo industrial y mercantil, Belgrano concibió una síntesis teórica brillante: la agricultura debía ser la gran proveedora de la materia prima, pero era el trabajo transformador y la libertad económica lo que multiplicaría exponencialmente el valor de esa riqueza en el Río de la Plata.

Para comprender la magnitud de su visión, es necesario viajar en el tiempo hacia su etapa de formación en el Viejo Continente.

A fines del siglo XVIII, un joven Belgrano recorría los pasillos de las universidades de Salamanca y Valladolid, en España.

Fue en ese entorno efervescente donde absorbió las ideas de la Ilustración y se empapó de las principales corrientes económicas de la época.

Mientras España debatía su propio atraso, el criollo estudiaba con fascinación la fisiocracia, una escuela de pensamiento que sostenía que la riqueza de una nación provenía de la naturaleza y de la capacidad productiva de su agricultura.

Los textos de François Quesnay y las reformas de los ministros ilustrados españoles moldearon su intelecto: la tierra no era solo un pedazo de suelo para colonizar, sino el motor de la soberanía y la dignidad humana.

Cuando regresó a Buenos Aires en 1794 para asumir como Secretario Perpetuo del Consulado de Comercio, el panorama que encontró fue desolador. El Virreinato del Río de la Plata vivía encadenado al monopolio comercial español y a la obsesión por la extracción de metales preciosos de las minas del Alto Perú.

La agricultura local era una actividad marginal, despreciada y rústica, donde los campos se explotaban hasta el agotamiento y los productores carecían de los conocimientos más elementales.

Retrato de Manuel Belgrano, atribuido a François Casimir Carbonnier. Museo Nacional de Bellas Artes.
Retrato de Manuel Belgrano, atribuido a François Casimir Carbonnier. Museo Nacional de Bellas Artes.

La siembra de las ideas y la rotación de cultivos

Desde su despacho en el Consulado, Belgrano se transformó en un sembrador de ideas revolucionarias a través de sus famosas Memorias Anuales. Inspirado por sus lecturas europeas, insistió en la necesidad imperiosa de implementar la rotación de cultivos para evitar la degradación de los suelos, un concepto agronómico de vanguardia para la época. Escribió líneas enteras defendiendo la introducción del lino, el cáñamo, la cría técnica de ganado y la mejora de los pastizales.

Esta obsesión por educar al productor y difundir el conocimiento científico lo llevó a convertirse en el principal protector de los primeros periódicos económicos de la región. De su estrecho círculo de intelectuales y colaboradores nació en 1802 el icónico Semanario de Agricultura, Industria y Comercio, fundado y dirigido por su gran amigo Hipólito Vieytes.

Semanario de Agricultura, Industria y Comercio. (Foto: Hemeroteca Digital).
Semanario de Agricultura, Industria y Comercio. (Foto: Hemeroteca Digital).

Desde el Consulado, Belgrano apadrinó y potenció esta publicación, que se transformó en la primera trinchera de divulgación técnica en el Río de la Plata, enseñando “tranqueras adentro” desde cómo combatir plagas hasta los beneficios de la labranza organizada. Años más tarde, el propio prócer profundizaría esa huella periodística al fundar su propio diario, el Correo de Comercio.

Pero su genialidad no se detuvo en la producción primaria; Belgrano entendió perfectamente el concepto de valor agregado. En sus escritos advertía con lucidez el peligro de exportar materias primas en bruto para luego comprar manufacturas caras del exterior, un ciclo que consideraba una forma de sumisión económica.

Por ello, propuso que el cáñamo se transformara localmente en cordelería para barcos y que los cueros vacunos fueran procesados en curtiembres criollas antes de cruzar el Atlántico. Estaba proyectando, con dos siglos de anticipación, la matriz agroindustrial argentina.

Para llevar a cabo esta transformación, el prócer sabía que el pilar fundamental era la capacitación. No se podía mejorar el campo sin educar a quienes lo trabajaban. Fue así como se convirtió en el máximo defensor de la educación técnica agraria. Impulsó la creación de escuelas especializadas donde se enseñaran los principios científicos de la labranza, la botánica y el manejo de los recursos.

Para Belgrano, la enseñanza agrícola tenía además una función profundamente social: era la herramienta clave para combatir la vagancia, poblar las campañas de manera ordenada y garantizar el derecho al arraigo, permitiendo que las familias crecieran y prosperaran en su propia tierra.

Dos siglos antes del auge de la agroindustria textil moderna, el economista criollo ya advertía el peligro de exportar fibras o cueros en bruto sin transformar la materia prima localmente. (Foto: Algodonera Avellaneda).
Dos siglos antes del auge de la agroindustria textil moderna, el economista criollo ya advertía el peligro de exportar fibras o cueros en bruto sin transformar la materia prima localmente. (Foto: Algodonera Avellaneda).

Un legado que interpela al presente

La llegada de la Revolución de Mayo en 1810 obligó a Belgrano a cambiar la pluma por la espada, dejando truncos muchos de sus ambiciosos proyectos de reforma rural. Sin embargo, las bases de su pensamiento económico quedaron firmemente asentadas en el suelo patrio.

Cada 20 de junio, la memoria colectiva rinde honores al patriota que lo dio todo por la libertad política. Pero en las actuales autopistas del Mercosur, en las terminales portuarias que despachan granos al mundo y en cada laboratorio biotecnológico que busca hacer más eficiente el trabajo del campo, el espíritu del Belgrano economista sigue más vivo que nunca.

Su reclamo por la educación técnica, el agregado de valor en origen y la conservación del suelo agrícola no son solo piezas de museo, sino una hoja de ruta que todavía interpela con desafíos al sector agroindustrial del siglo XXI.

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