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El arquero que sufrió una condena perpetua por un gol que enlutó a Brasil: Barbosa y el drama del Maracanazo

Moacir Barbosa fue señalado como el gran responsable de la derrota de Brasil en la final del Mundial de 1950. El calvario de un hombre que fue acusado de un gran dolor colectivo.

Era solo un partido de fútbol. Fue su condena a cadena perpetua.

Uno de los partidos legendarios de los mundiales. El último de Brasil 50, el que definiría el campeón. Un duelo sudamericano: Brasil-Uruguay. Un país pendiente. Y una de las derrotas más dolorosas de la historia. El Maracanazo. Hubo duelo colectivo y hasta algunos suicidios. Y se señaló a uno solo como responsable: Moacir Barbosa, el arquero de Brasil.

Moacir Barbosa está sentado en el vestuario perdedor. El partido, la final del mundo de 1950, terminó hace pocos minutos. Nadie habla en el vestuario. No se escucha nada, ni siquiera algún reproche. Ni siquiera el ruido del agua de las duchas corriendo –ninguno, todavía, tomó fuerzas para levantarse del banco de madera en el que se desplomó. Barbosa, al igual que sus compañeros, se tapa la cara con las manos, inclinado sobre sus rodillas. No quiere que lo vean llorar. Es un pensamiento bastante estúpido: todos están llorando. Ya va a pasar, ya va a pasar. Repite para sí. Trata de convencerse. El partido terminó hace varias horas. Los jugadores siguen en el vestuario. No solo porque las piernas pesan. Esperan que las 200 mil personas lleguen a sus hogares. No quieren cruzarse con nadie. Temen represalias. Ya va a pasar, ya va a pasar. Repite para sí. Trata de convencerse. Piensa que es una cuestión de tiempo.

La selección brasileña de fútbol posando antes de la final de la Copa Mundial de 1950. (Foto: Archivo Nacional de Brasil)
La selección brasileña de fútbol posando antes de la final de la Copa Mundial de 1950. (Foto: Archivo Nacional de Brasil)

Ese fue el segundo error de Barbosa en la tarde.

Tal vez la impresión por la derrota 2-1 frente a Uruguay haya sido por el tremendo contraste. El país más festivo del planeta estaba de luto. La fiesta programada tuvo que suspenderse. Los trajes de colores, los tambores, los bailes y toda la alegría quedaron arrumbados en las profundidades de la decepción. Fue mucho peor que una frustración deportiva o que una fiesta postergada indefinidamente. Fue mucho peor que despreciar la oportunidad de demostrar al mundo su supremacía futbolística. Fue asumida, al igual que tantas otras derrotas deportivas, como el símbolo de lo que les esperaba como nación. “Esa derrota tal vez sea la mayor tragedia del Brasil contemporáneo — sostiene el antropólogo brasileño Roberto Da Matta-. La derrota trajo una unánime visión de la pérdida de una oportunidad histórica. Ocurrió en el principio de una década en la que Brasil estaba buscando insertarse como una gran nación con un gran destino. El resultado fue una incansable búsqueda de explicaciones y culpas”.

Las 200 mil personas colmaban el Maracaná. Volaban petardos, fuegos artificiales, luces de colores, serpentinas. Era la tarde del 16 de julio de 1950. Se jugaba el último partido del IV Mundial de fútbol. Brasil, el local, con un empate se consagraba campeón. Enfrentaba a Uruguay que venía a los tumbos en el torneo. El resultado parecía fijado de antemano. Se instaló una temeraria convicción en todo Brasil. La incertidumbre radicaba en la cantidad de goles que haría Brasil, nada más. ¿Cuatro, cinco, seis? Uruguay convertido en un mero partenaire. Varios comerciantes –pioneros del marketing deportivo-, ese domingo, pusieron en venta distintos productos con la imagen de los jugadores del scracht y la leyenda Campeones del mundo. Algún diario publicó, esa misma mañana — mañana de carnaval- en doble página central la foto del plantel con la leyenda, en letras de molde, Acá están los campeones del mundo.

La selección uruguaya posando antes de la final de la Copa Mundial de 1950 contra Brasil. (Foto: El gráfico)
La selección uruguaya posando antes de la final de la Copa Mundial de 1950 contra Brasil. (Foto: El gráfico)

A fuerza de una insensata certeza, parecía un trámite burocrático más que un partido que definiera un campeonato mundial. No tuvieron en cuenta un aspecto. Enfrente no tendrían un grupo de desganados empleados municipales. Enfrente habría once hombres con ilusiones. Once de los que no se resignan. Con un líder que nunca había perdido un partido antes de jugarlo: Obdulio Varela, el Negro Jefe.

El Maracaná, el estadio más grande del mundo, construido para ese Mundial, oficialmente tenía otro nombre, más largo, más prosaico: Estadio Municipal Angelo Mendes de Morais. Los que desconocen la historia del Brasil pueden pensar que el tal Mendes de Morais acaso fuera un prohombre de la Independencia, un Premio Nobel o el precursor del fútbol en esas tierras. Nada de eso. Era un general que siendo el prefecto de Río de Janeiro autorizó la construcción del estadio y duró en su cargo lo suficiente como para inaugurarlo y bautizarlo con su nombre. Pero este no fue su único aporte a esta historia. Minutos antes del partido, con el Maracaná colmado, tomó la palabra por los altavoces: “Ustedes, brasileños, a quienes yo considero vencedores del campeonato mundial. Ustedes, jugadores, que en pocas horas serán aclamados por millones de compatriotas. Ustedes que no tienen rivales en todo el hemisferio. Ustedes, que superan a cualquier otro competidor. Ustedes, a quien yo ya saludo como vencedores”.

El primer tiempo se desarrolló según las previsiones. Brasil (con camiseta blanca con vivos azules: no volvieron a usarla después de la derrota) atacando, Uruguay (la inalterable Celeste, medias y pantalones negros) resistiendo los embates como podía. Los palos, el arquero Roque Máspoli y la mala fortuna impidieron que el local marcara. Pero apenas empezado el segundo tiempo, Friaca ingresó al área uruguaya. Soportó la carga del marcador central charrúa y definió cruzado. Roque Máspoli se jugó a su izquierda. Una corazonada — esa tarde tuvo varias y todas, menos ésta, fueron acertadas. La pelota ingresó suave junto al palo derecho. Brasil 1-Uruguay 0.

El famoso gol de Juan Alberto Schiaffino para Uruguay en el Maracanazo. (Foto: AFP)
El famoso gol de Juan Alberto Schiaffino para Uruguay en el Maracanazo. (Foto: AFP)

La leyenda asume que allí, con el juego detenido por el loco festejo brasileño, cambió la historia. Un gesto recio y pícaro que torció lo inexorable. Cuentan que Obdulio Varela sacó la pelota de entre las redes y con paso displicente y pecho erguido caminó hasta mitad de cancha para protestarle algo –nadie precisa qué- al árbitro inglés.

Transcurrieron algunos minutos antes de que recomience el encuentro. El objetivo del capitán uruguayo estaba cumplido: las fieras se habían aplacado.

Obdulio Varela los estaba preparando, los entrenaba, para lo que iba a venir. Los hizo callar -a los 200.011- por primera vez en la tarde. No iba a ser la última.

Les mostró a los compañeros (y de paso a los adversarios) que era posible hacerlos callar. Al menos, momentáneamente. Era un primer paso. Para que el silencio fuera definitivo no faltaba mucho. Apenas cuarenta minutos. Y dos goles.

A los 21 minutos del segundo tiempo, Ghiggia desbordó a Bigode y como marca el buen saber futbolístico (como todos los wines de la época parecían saberlo) sacó el centro atrás. Encontró de frente al Pepe Schiaffino que, anticipándose a su defensor, cacheteó la pelota hacia el ángulo izquierdo de Barbosa. 1 a 1. Murmullos e incomodidad en las tribunas. Con el empate todavía Brasil era el campeón.

Faltando 11 minutos para el final, otra vez Ghiggia desbordó a Bigode. Se escapó pegado a la línea de costado del área grande. Avanzó a gran velocidad unos cuantos metros. En diagonal al primer palo tomó una decisión, se alejó de los libros (como pocos wines de cualquier época, como solo el talento permite hacerlo). Ghiggia pateó rasante al primer palo. La pelota ingresó por el breve espacio que había entre las manos del arquero brasileño y el poste. Brasil 1-Uruguay 2.

Alcides Ghiggia entró en ese momento al Olimpo de los dioses del fútbol. Moacir Barbosa se hundía en un calvario personal de medio siglo de duración.

Los 11 minutos finales fueron de incesantes y estériles ataques brasileños. Sobre el minuto noventa hubo córner para Brasil. Con la pelota en el aire, cayendo en el área chica uruguaya, con Máspoli cargado por varios contrincantes, el árbitro George Reader dio por finalizado el partido. La pelota dio un pique en el área y Schubert Gambetta (sin dudas una de las mejores combinaciones de nombre y apellido de la historia del deporte mundial) la tomó en sus manos. ¡Terminó! ¡Terminó! ¡Ganamos!, gritó el uruguayo a sus compañeros que dudaban entre festejar o asesinarlo por el susto que les había hecho pegar al pensar que había hecho penal.

En ese momento, el silencio.

Un silencio amargo y unánime.

El silencio nacional.

El silencio más grande del mundo.

El momento en el que Alcides Ghiggia anota el segundo gol durante el Maracanazo. (Foto: Archivo Nacional de Brasil)
El momento en el que Alcides Ghiggia anota el segundo gol durante el Maracanazo. (Foto: Archivo Nacional de Brasil)

Ese partido por la magnitud de la tragedia que desató, por la gloria que repartió y las vidas que condenó fue también un extraordinario generador de grandes frases. Alcides Ghiggia, ya mayor, con un delgado bigote sobre su labio y una elegancia de otros tiempos declaró: “Solo tres personas callaron el Maracaná con doscientas mil personas: Frank Sinatra, Juan Pablo II y yo”. Por ahí están también las célebres sentencias de Obdulio: “Los de afuera son de palo”, y “Este partido se juega con los huevos en la punta de los zapatos”.

Pero la más terrible, la más sincera de las frases que ocasionó el Maracanazo la pronunció Moacir Barbosa. En ella no hay picardía, ni sarcasmo, ni épica. Tampoco, un intento por decorar las cosas o por exculpar responsabilidades. Barbosa cuando se refería a ese partido solo lo hacía con dolor. Un dolor reseco y ancestral. La pronunció en un documental de la BBC previo al Mundial 94. Los periodistas ingleses lo llevaron a la concentración brasileña. No pasó de la puerta. Mario Lobo Zagallo se encargó de echarlo. Lo acusó de mufa. Apenas se cerró el portón de la concentración, el periodista ordenó encender la cámara y le puso el micrófono enfrente. Barbosa meneó la cabeza y apenas moviendo los labios dijo: “En mi país la pena más alta por cometer un delito es de 30 años. Hace 44 que yo pago por un delito que no cometí”.

Moacir Barbosa fue un gran arquero. Antes y después del Maracanazo. Atajó más de trece años en Vasco da Gama. Obtuvo, en ese club, ocho campeonatos. En varios de ellos tuvo la valla menos vencida. Los periodistas que cubrieron el Mundial 50 lo eligieron como el mejor arquero del torneo. Era ágil, valiente y sereno. Transmitía confianza a sus compañeros.

Después del partido con Uruguay no atajó más en la selección de su país, a pesar de salir campeón un par de veces más con su club. Después del partido con Uruguay tuvieron que pasar cincuenta y dos años para que otro arquero de raza negra atajara para la selección de Brasil en un torneo oficial.

La estrella de ese equipo brasileño era Zizinho. El niño Edson Arantes do Nascimento (luego Pelé) lo tenía como ídolo. Periodistas europeos lo entrevistaron más de cuarenta años después para un documental sobre el partido. Zizinho es uno de los pocos integrantes de esa selección que no perdió el cariño de la gente a pesar de la decepción; siguió siendo siempre un ídolo popular. Tiene surcos en su rostro sonriente. Es un viejo gentil y simpático. Pero en el momento de recordar la derrota y sus consecuencias, su voz se quiebra y sus ojos se inundan de lágrimas. Hace un esfuerzo por esconder su dolor. No puede. Interrumpe su relato. Se tapa la cara con sus manos arrugadas. Pide disculpas. Las palabras se atascan en su garganta. Cuarenta años después el dolor seguía intacto. El dolor de la gloria no alcanzada.

Barbosa, también, daba entrevistas. Pero nunca un 16 de julio. Ese día el teléfono de su casa se desconectaba y él suspendía sus actividades cotidianas. El aniversario luctuoso lo pasaba en soledad.

Alcides Ghiggia fue el gran héroe uruguayo en el Maracanazo. (Foto: X / @fifacom_es)
Alcides Ghiggia fue el gran héroe uruguayo en el Maracanazo. (Foto: X / @fifacom_es)

Lo dicho: se trató de una tragedia nacional. Nuestro Hiroshima lo llamaron algunos brasileños. El escritor Héctor Cony propuso que se levantara un cenotafio, un monumento colectivo, como la Tumba al Soldado Desconocido para los que esa tarde vieron muertas sus ilusiones. “Los sobrevivientes de esa tarde creyeron que nunca más serían felices. Esas son las cosas que construyen una nación, la gente empapada en su propio dolor”. El periodista Paulo Perdigao dedicó un libro de bello título (Anatomía de una derrota) al partido. Allí sostiene que “ese gol sigue siendo el más importante de la historia de Brasil. Porque ningún otro gol logró trascender la frontera de ser un mero hecho deportivo para transformarse en un momento histórico en la vida de la nación. De todos los ejemplos históricos de alcance nacional, la Copa del 50 es el más bello, el más apoteósico: es un Waterloo de los trópicos y su historia es nuestro Crepúsculo de los Dioses. La derrota- sigue diciendo Perdigao- transformó un hecho normal en excepcional narrativa: un mito fabuloso que ha sido preservado y ha seguido creciendo en la imaginación de la gente”.

“Para describir lo que sentí aquella tarde, me viene siempre a la mente la famosa frase de Conrad en El Corazón de las Tinieblas: el horror, el horror, el horror. Es cierto que la selección brasileña también me ha dado muchas alegrías, al final de cuentas somos pentacampeones. No obstante, el sufrimiento de la derrota es siempre más avasallador y duradero que la felicidad de la victoria,“ escribió Rubem Fonseca.

Pasaron sesenta y cuatro años y cinco títulos mundiales ganados. Y Brasil organizó su segundo Mundial. La debacle llegó en la semifinal. Siete a uno. Pero la reacción popular fue diferente. No hubo tragedia nacional, ni algún jugador marcado como el gran responsable. Otros tiempos: más veloces, menos ingenuos, más cínicos. Ninguno de los once vapuleados en 2014 acompañará a Barbosa al cadalso perpetuo.

Le mintieron a Barbosa. “El fútbol siempre da revancha”, le habían dicho. Le mintieron. Ese es el problema de los clichés. Se repiten sin pensar, en cualquier circunstancia. Bajo una fachada simpática y verosímil ocultan mentira y desazón. Y si no, que lo digan Moacir Barbosa y su derrota vitalicia.

A mediados de la década del sesenta, se hizo una importante remodelación en el Maracaná. Barbosa se había retirado del fútbol hacía unos años. Ahora malvivía con una magra pensión, un empleo como cuidador del estadio (gracias a la influencia de un directivo del Vasco da Gama) junto a su esposa y el desprecio de su pueblo. Cambiaron los arcos. Al desmontarlos, cuenta la leyenda, se los ofrecieron a Barbosa. Moacir aceptó pero eligió los postes y el travesaño de solo uno de ellos, el del fatídico gol. Después, invitó a su casa a varios familiares y unos pocos amigos. Hizo un gran asado. El fuego, obviamente, provino de esos postes malditos. Leña del arco caído.

O goleiro maldito. Así lo llamaban. Una tarde, a mediados de la década del ochenta, mientras hacía las compras en el mercado, una mujer con un chico de la mano lo señaló. Barbosa sonrío al chico con ternura. La mujer le dijo a su hijo: “Ese es el hombre que hizo llorar a todo Brasil”.

Leé también: La historia del crack que brilló en un Mundial, lloró en la cancha por una amarilla y se hundió en los excesos

“Si no hubiera aprendido a contenerme cada vez que la gente me reprochaba lo del gol –declaró Barbosa por la misma época del incidente en el mercado- hubiera terminado en la cárcel o en el cementerio hace mucho tiempo”.

Moacir Barbosa, que aguantó de todo en su vida, no soportó la muerte de su esposa. Se fue apenas unos meses después de ella. Murió a principios del nuevo milenio.

Murió, según su propia cronología, el 8 de abril del año 50 d.G (después de Ghiggia).

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