Un informe reveló que casi la mitad de las interacciones de los empleados con herramientas de inteligencia artificial se realiza mediante cuentas personales ajenas a la administración corporativa. ¿Cuál es el peligro de esta práctica?
La inteligencia artificial se incorporó, desde hace ya un par de años, a la rutina laboral de las empresas. Millones de empleados usan herramientas de IA como asistentes para trabajar con textos, documentos, creación de imágenes, consultas y programación de código.
En muchos casos, ese uso surge por propia iniciativa de los trabajadores, que eligen servicios, chatbots y modelos de lenguaje generativo según la tarea que necesitan resolver.
Pero esa adopción casi descontrolada creó un punto ciego para las áreas de ciberseguridad de cada compañía: cuando una persona ingresa desde un perfil personal o instala una extensión sin autorización, la empresa pierde capacidad para supervisar qué información sale de sus sistemas y qué permisos conserva cada aplicación.

Por ejemplo, casi la mitad de las conversaciones con herramientas de inteligencia artificial en entornos empresariales se realiza mediante cuentas personales que quedan fuera de la administración central de la firma. Ese uso por fuera de los sistemas aprobados impide que las áreas de seguridad sepan con precisión qué datos corporativos llegan a servicios externos.
El fenómeno se conoce como Shadow AI, IA de las sombras o IA en la sombra. Ocurre cuando los empleados incorporan chatbots, asistentes de programación, buscadores, extensiones y agentes autónomos sin que la organización pueda inventariarlos, controlar sus permisos o aplicar sus políticas de protección de la información.
El dato surge del informe Enterprise AI Usage Risk Report 2026 de Akamai, que analizó cómo se utiliza la IA dentro de las organizaciones y dónde fallan los mecanismos de control.
De acuerdo con el documento, la adopción corporativa pasó de las pruebas aisladas observadas a comienzos de 2025 a una integración estructural en tareas cotidianas. Las herramientas pueden redactar código, resumir reuniones, analizar contratos o conectarse con documentos internos.
Qué es la Shadow AI y por qué pone en riesgo los datos de una empresa
La “IA en la sombra” abarca mucho más que el acceso ocasional a un chatbot no aprobado. Un empleado puede alternar entre una cuenta personal de ChatGPT o Gemini, un buscador con IA, un asistente de programación y funciones generativas incorporadas a servicios de software que la empresa ya utiliza.
Esta combinación forma una extensa red de aplicaciones difíciles de detectar. Los equipos de ciberseguridad suelen concentrar sus controles en unas pocas plataformas autorizadas, mientras parte del trabajo circula por perfiles personales y herramientas de nicho que carecen de inicio de sesión corporativo, registros centralizados y reglas comunes de retención.
Una cuenta personal no implica por sí misma que se haya producido una filtración. El riesgo aparece porque la compañía pierde visibilidad sobre el contenido enviado, su almacenamiento, la posibilidad de auditarlo y los usos posteriores que permite cada servicio. Un documento interno pegado en una conversación puede quedar fuera de las herramientas diseñadas para detectar la salida de información confidencial.
El informe también advierte que la exposición se concentra en un grupo reducido de usuarios avanzados. Estos empleados utilizan la IA con mucha más frecuencia y generan una parte considerable de las instrucciones interactivas, por lo que acumulan una proporción mayor del riesgo dentro de las organizaciones.
A este problema se suma el uso de extensiones en navegadores y entornos de desarrollo. Casi el 75% de los complementos de IA exige permisos altos o críticos y el 16,3% contiene vulnerabilidades ya conocidas. Debido al nivel de acceso que reciben, estas extensiones pueden convertirse en una vía para extraer información corporativa o comprometer los equipos donde están instaladas.
Un pequeño grupo de empleados concentra gran parte de la exposición
La adopción tampoco se distribuye de manera uniforme. Cerca de la mitad de los usuarios corporativos observados interactuó con algún sistema de IA durante el último año y solo el 18% lo hizo semanalmente. Dentro de ese universo, el 5% con mayor actividad generó al menos 144 conversaciones por persona, frente a un máximo de 12 en la mitad de los usuarios.
Los usuarios avanzados mantuvieron intercambios más extensos con la IA: produjeron un promedio de 18 instrucciones por conversación, frente a dos en el usuario promedio. Para los responsables de seguridad, esa concentración permite dirigir la supervisión y la capacitación hacia el grupo que acumula la mayor exposición, sin aplicar las mismas restricciones a toda la plantilla.
El informe también señala que cerca del 15% de los usuarios analizados tenía al menos una extensión de navegador con funciones de IA.
Vibe hacking, CursorJacking y CometJacking: tres vectores de ataque vinculados con la IA
El informe advierte tres vectores que muestran por qué las defensas instaladas en la red corporativa ya no alcanzan para proteger todos los flujos de trabajo asistidos por IA. Las investigaciones citadas describen vulnerabilidades y pruebas de concepto; el material publicado no aporta datos que permitan afirmar que los tres métodos formen parte de campañas masivas activas.
El primero es el vibe hacking. En este método, un atacante altera archivos locales que contienen instrucciones para un asistente de programación. La modificación puede hacer que la herramienta genere código inseguro o ejecute una acción no autorizada dentro de una tarea que parece habitual para el desarrollador.
El segundo es CursorJacking, una metodología que aprovecha extensiones no autorizadas con permisos amplios. Estos complementos pueden recopilar de forma silenciosa claves de interfaces de programación de aplicaciones, conocidas como API, bases de código propias y el historial de conversaciones. Así, obtienen información directamente desde el entorno del navegador.
La tercera amenaza es CometJacking y apunta a navegadores agénticos como Comet AI de Perplexity. El ataque comienza cuando se insertan instrucciones maliciosas en una página web pública para manipular al agente local del usuario mediante una inyección indirecta de instrucciones.
Cómo pueden reducir las empresas los riesgos de la IA en la sombra
El documento propone cinco medidas para conservar las ventajas operativas de estas tecnologías y reducir la exposición de datos:
- Identificar a los usuarios avanzados. El seguimiento y la capacitación deberían concentrarse en el 5% de los empleados que genera la mayor cantidad de interacciones.
- Usar identidades corporativas. El inicio de sesión único, conocido como SSO, permite centralizar accesos, aplicar reglas y cerrar cuentas cuando una persona deja la organización.
- Controlar la interacción. Las defensas deben analizar en tiempo real las instrucciones enviadas, el contenido copiado y pegado y los documentos cargados, en lugar de limitarse a vigilar transferencias de archivos o correos electrónicos.
- Auditar extensiones. Los complementos del navegador y de los entornos de programación necesitan una evaluación similar a la de cualquier software con privilegios elevados.
- Limitar a los agentes autónomos. Cada agente debería recibir únicamente los permisos indispensables para su tarea y quedar sujeto a registros de actividad y controles de comportamiento.
“Los directivos de seguridad deben pasar de intentar bloquear la IA a controlar continuamente su funcionamiento a nivel de interacción”, afirmó Or Eshed, vicepresidente de Ingeniería y Productos de Seguridad Empresarial de Akamai, en la presentación del informe compartido con TN Tecno.
Para las compañías, el desafío va más allá de decidir qué chatbot pueden utilizar sus empleados. Las políticas de protección también deben abarcar las identidades con las que ingresan, los complementos que instalan y los permisos que reciben los sistemas capaces de actuar por cuenta propia.

































