Ah, la política. Ese hermoso deporte nacional donde la esperanza se renueva cada cuatro años y la decepción se confirma a los quince minutos de la asunción. Hoy nos toca hablar de Leandro y Roy, esos dos adalides de la moral que prometían ser más puros que el agua bendita y terminaron siendo más rápidos para las manos ajenas que un carterista en el subte a las seis de la tarde.
Votar a los “honestos” es como comprar una freidora de aire por televisión: en el comercial todo es sano, sin grasa y reluciente, pero cuando te llega a tu casa, te das cuenta de que te salió una fortuna y que, al final, te están cocinando a fuego lento a vos. Leandro y Roy llegaron con el traje de la transparencia recién sacado de la tintorería, hablándonos de ética con una cara de “yo no fui” que hasta a un perro le daría envidia.

Pero claro, el poder es como el dulce de leche: una vez que metés el dedo, querés meter la mano, el brazo y, si podés, llevarte el tarro entero para tu casa. Resulta que nuestros “honestos” resultaron ser más “chorros” que personajes de película de Woody Allen. ¡Qué capacidad de adaptación! Pasaron de la austeridad franciscana a tener una habilidad para los números que ni los ingenieros de la NASA lo pueden superar.
Lo más divertido —si no fuera porque la plata es nuestra— es la sorpresa del votante. “¡Pero si Leandro parecía tan buen tipo!”, dicen algunos. “¡Pero si Roy hablaba de la corrupción con lágrimas en los ojos!”, exclaman otros. Y sí, lloraba porque no le estaba tocando su parte todavía.
En fin, la lección es siempre la misma. En el gran teatro de la política, los “honestos” a veces solo son chorros con mejor vocabulario y un sastre más caro. Al final, Leandro y Roy nos demostraron que la única transparencia que realmente practican es la de sus propias intenciones: son tan transparentes que se les ve el billete ajeno asomando por el bolsillo desde un kilómetro de distancia. ¡Salud por los votos perdidos y las billeteras encontradas! (pero en las casas de ellos).

































