Hace 120 años, el médico alemán presentó el primer estudio de una enfermedad que todavía desconcertaba a la ciencia. La historia de Auguste Deter, la paciente que le permitió identificarla, y de un hallazgo que abrió el camino para comprender uno de los trastornos neurodegenerativos más estudiados del mundo.
Fue un visionario. Un tipo que vio claro en un mundo en tinieblas, el de las enfermedades mentales. Lo que vio le aterró un poco. Y poco pudo hacer frente al mal inexplicable. Pero lo enfrentó, lo describió, lo desnudó delante de la ciencia médica y alertó: algo había que hacer frente a aquel monstruo desconocido y voraz.
El 3 de noviembre de 1906, hace ciento veinte años, el médico alemán Alois Alzheimer presentó ante la XXXVII Conferencia de Psiquiatría del Sudoeste alemán un informe con un título formal y otro coloquial, amable, casi poético: así de familiarizado estaba con esa dolencia desconocida. El informe de Alzheimer anunciaba su investigación “Sobre una enfermedad específica de la corteza cerebral”. En confianza y para colegas y amigos, lo llamó “Enfermedad del olvido”.
En esas páginas, Alzheimer sentó los pilares para el estudio de su enfermedad del olvido, que años más tarde llevaría su nombre, que atacaba a los pacientes con un ejército de síntomas terribles que, además, crecían con exasperante lentitud, no retrocedían jamás, e incluían, dijo Alzheimer aquella tarde lejana, pérdida de memoria, desorientación, alucinaciones, delirios, estados vegetativos temporales, insomnio, incapacidad cognitiva; con el paso del tiempo, el cuadro general empeoraba y llevaba de modo irremediable a la muerte. Era el mal de Alzheimer en la voz de su descubridor.
El médico alemán sabía de qué hablaba: hacía cinco años había empezado a tratar a una paciente que había irrumpido en su vida como un torbellino: era Auguste Deter, que mostraba signos de demencia o de lo que entonces se consideraba sin matices como demencia. Auguste había muerto en abril de 1906, siete meses antes de la presentación del informe médico de Alzheimer, de modo que fue ella la primera paciente que registra la historia como víctima de ese mal.

Alois tenía cuarenta y dos años cuando se presentó en la XXXVII Conferencia de Psiquiatría del Sudoeste alemán, para hablar de su enfermedad del olvido. Había nacido el 14 de junio de 1864 cerca de Wüezburg, Baviera, no demasiado lejos de ciudades clave como Frankfurt, Stuttgart y Núremberg. Su padre, que era escribano, lo quiso médico y el chico fue a vivir a Berlín para estudiar y formar parte de la élite científica alemana.
Pronto, al año siguiente, estaba de regreso en casa; tal vez volvió escaldado después de vivir en la capital del imperio, y decidió estudiar medicina en la universidad local. Era un muchacho inteligente, estudioso y pendenciero. En esos años de estudios profundos, de borracheras habituales, de amoríos reveladores y de pasiones desatadas, fue cuando el joven Alzheimer se trenzó en un duelo a sable, qué menos, que le dejó en la cara una cicatriz que lució siempre, hasta que la tapó con la barba, con ese orgullo un poco fatuo de los duelistas y el desdén presumido de los chicos belicosos.
Con duelos a sable, alcohol a destajo y estudio a toda hora, fue médico a los veintitrés años con la algarabía de sus profesores, que le intuyeron la chispa de la inteligencia. Se especializó en psiquiatría y en el estudio de las enfermedades mentales. Para entonces, otro médico alemán, Sigmund Freud, había abierto su consultorio privado en Viena, especializado en trastornos nerviosos.
A fines de 1888, Alzheimer concursó por un cargo de asistente en el Instituto para Enfermos Mentales y Epilépticos de Fráncfort. Y lo eligieron. El jurado, todos muy mayores que el joven médico, valoró que hubiese elegido especializarse en enfermedades mentales y también su extraordinaria habilidad para analizar, frente al microscopio, los cortes histológicos de cerebros humanos. Él se definía como neuropatólogo y, con cierta insolencia y un humor de sepulturero, decía resignado: “Ayudo más a mis pacientes una vez que se han muerto”. Se unió en amistad y en fervor con otro famoso neurólogo, Franz Nissl, de quien tomó el método de teñir con anilinas los cortes histológicos de cerebro para desentrañar el misterio de las patologías cerebrales.
Se casó a los treinta años con Cecilia Geisenheimer, viuda de Otto Geisenheimer, un alemán de fortuna labrada con el siempre riesgoso comercio de diamantes, que había sido paciente de Alois. Nissl fue testigo de la boda. Tuvieron tres hijos y compartieron apenas seis años de esa felicidad: Cecilia murió en 1901 a los cuarenta y un años, poco después del nacimiento del tercero de los hijos; Alois, de treinta y seis, quedó solo hasta que se instaló en su casa Elizabeth, la hermana de Cecilia, que crió a los chicos.

Ese mismo año de su mal destino irrumpió en su vida Auguste Deter. Había nacido en 1850 en Frankfurt del Meno, estaba casada con Karl Deter y tenía una hija. A fines de 1890, a sus cuarenta años, Auguste empezó a mostrar síntomas, o signos, de demencia, o de lo que entonces se tomaba como demencia: pérdida de memoria, delirios, estados vegetativos temporales, insomnio: Auguste, pobrecita, solía arrastrar por el interior de la casa las hojas de los árboles y podía gritar durante horas en medio de la noche. Karl era un obrero de los ferrocarriles que sintetizó a Alois, con una sola frase, el drama de su vida: “Mi esposa ya no es mi esposa”. Auguste también expresaba su drama, sin conocerlo, con una frase que repetía a menudo: “Me perdí a mí misma…” Por fin, Auguste fue admitida en la Institución para enfermos mentales y Epilépticos Irrencloss, de Frankfurt, el 25 de noviembre de 1901. Los vecinos de Irrencloss llamaban a la institución “El castillo del demente”. Allí, en esa penumbra de la ciencia que colocaba en un mismo estante la epilepsia con la demencia, Alzheimer conoció a Auguste.
La mujer tenía ahora cincuenta y un años, había sido derivada al Instituto por su médico personal, con una muy breve descripción del caso: “Padece serios problemas de memoria, así como de insomnio. Está confundida e inquieta; le persigue la idea paranoica de que su marido mantiene una relación amorosa con una vecina y, a veces, ya no lo reconoce”. Alzheimer examinó entonces a Auguste y lo que encontró fue un cuadro devastador. Le pidió que escribiera su nombre, pero la mujer olvidó la mayor parte de las letras; le hizo una serie de preguntas y luego las repitió, en vano, para saber si la paciente las recordaba; repetía: “Me he perdido – Ich habe mich verloren” en alemán. Por un lapso muy breve fue aislada en un cuarto y, cuando le permitieron salir, corrió hacia la calle mientras gritaba: “¡No seré cortada…! ¡Yo no me corto…!”

El diagnóstico de Alois reveló el padecimiento de Auguste: “Padece serias dificultades para recordar la información reciente; alteraciones de la escritura, delirios paranoides y celotípicos, (celos patológicos), alucinaciones, desorientación en tiempo y espacio y dificultades para expresarse.” Su historia clínica, descubierta muchos años después, agregaba: “Permanece en la cama con expresión de impotencia”
Era un caso muy grave, pero nadie sabía qué hacer. Auguste también daba respuestas que no tenían relación con las preguntas que le hacían, o eran incoherentes; su estado de ánimo oscilaba con alarmante velocidad entre la ansiedad, la desconfianza, la abstinencia y un leve rasgo de lucidez para saberse perdida. Los médicos no podían habilitarle siquiera deambular por las salas del Instituto porque temían que Auguste se enfrentara a otros pacientes que podían lastimarla.
Alzheimer estaba sorprendido. Conocía desde hacía mucho las alteraciones complejas de la psiquis humana, pero todas se habían dado en pacientes mayores de setenta años; Auguste era mucho más joven. Siguió con sus interrogatorios y grabó las respuestas de la mujer en las que se la escucha decir a menudo: “¡Oh, Dios! Me perdí, por así decirlo…” Ese breve instante de lucidez, una estrella fugaz, la devolvía a la impotencia y a la desesperación. Fue entonces cuando Alois Alzheimer decidió llamar a ese extraño mal “Enfermedad del olvido”.
Recién en 1996, tres médicos alemanes, Konrad Maurer, Stephan Volk y Héctor Gerbaldo hallaron en los sótanos de un hospital de Frankfurt treinta y dos páginas de documentos, anotaciones clínicas, muestras de escritura, fotografías originales de Auguste, y publicaron su investigación en la revista médica británica “The Lancet” en 1997. Entre esos documentos había uno escrito por Alois Alzheimer que detallaba las preguntas hechas a Auguste y sus respuestas. Es el que sigue:
—¿Cuál es su nombre de pila?
—Auguste
—¿Apellido?
—Auguste (Debió haber respondido Deter)
—¿Quién es su esposo?
Auguste Deter vacila, y a continuación responde:
—Creo que… Auguste.
—¿Su esposo?
—Oh.
—¿Qué edad tiene?
—51.
—¿Dónde vive?
—¡Oh, usted ya estaba con nosotros!
—¿Está usted casada?
—Estoy muy confundida. Me he olvidado de mí misma.
—¿Dónde está usted ahora?
—Aquí y en todas partes, aquí y ahora. No tienes que pensar mal de mí. No me culpes.
—¿Dónde está en este momento?
—Todavía estamos viviendo.
—¿Dónde está su cama?
—¿Dónde debería estar?
Se suspende la sesión, y la mujer almuerza carne de cerdo y coliflor. Sigue la entrevista:
—¿Qué está comiendo ahora?
—Espinaca (Comía carne)
—¿Qué está comiendo ahora?
—Primero como patatas, y después rábanos.
—Escriba un cinco (Eine Fünf, en alemán)
Auguste escribe: “Una mujer” (Eine Frau, en alemán)
—Escriba un ocho (Eine Ach, en alemán).
Escribe “Auguste”.
Mientras escribe, dice varias veces: “Me he perdido, por así decirlo”.
Auguste fue la primera paciente de la historia con el mal de Alzheimer, que todavía no se llamaba así y ni siquiera era conocido como tal. Dos años después, en 1903, Alois aceptó una oferta del famoso psiquiatra alemán Emil Kraepelin para que trabajara como jefe del Laboratorio de Anatomía Patológica de una clínica psiquiátrica de Múnich, de la que era flamante director. Allí, Alzheimer investigó la demencia de origen arterioesclerótico y distintos tipos de psicosis; se especializó en psiquiatría forense y en control de la natalidad. Siempre se interesó por la salud de Auguste, que vivió internada en Frankfurt.
Hasta que el 9 de abril de 1906, le avisaron que Auguste Deter había muerto a causa de una septicemia provocada por las escaras de su cuerpo, después de pasar tantos años en cama. Alzheimer pidió que le enviaran la historia clínica y su cerebro para estudiarlo. Lo que Alois halló en el cerebro de Auguste fueron placas seniles y ovillos neurofibrilares. Las placas son como esferas, o acumulaciones extraneuronales de un material extraño, llamado en principio amiloide porque se tiñe como el almidón, pero que en realidad son proteínas fibrosas insolubles, que se pliegan de manera anormal y se acumulan en tejidos y órganos del cuerpo. También en el cerebro. Los “ovillos” son acumulaciones en apariencia también fibrosas en el interior de las neuronas.
Alzheimer publicó sus hallazgos en 1907 con amplias ilustraciones de las lesiones cerebrales que había detectado, y muchos más detalles clínicos; era una ampliación del documento que había presentado el año anterior en aquel congreso de psiquiatría como “Sobre una enfermedad específica de la corteza cerebral”. Ahora, el doctor Kraepelin, que lo había tentado para que se radicara en Múnich, decidió llamar a esa nueva patología “Enfermedad de Alzheimer”, en honor a su descubridor. Cuando presentó sus conclusiones al mundo, Alzheimer dijo: “El significado clínico de la enfermedad aún no está claro. En tanto que, a partir de los resultados anatómicos, uno se inclinaría a pensar que en este caso se trata de una variante muy severa de demencia senil; el hecho de que esta enfermedad se manifieste a menudo en torno a los cincuenta años en cierto modo parece contradecir esta apreciación. (…) Pensaría en un diagnóstico de demencia presenil. (…) Se trata de un cuadro clínico peculiar que se presenta con relativa independencia de la edad”. Para 1920, la “enfermedad de Alzheimer” estaba ya incorporada al lenguaje médico.
Su salud un poco precaria trabó la carrera profesional de Alzheimer. A fines de 1912 e inicios de 1913, una afección cardíaca que derivó en complicaciones renales lo mantuvo hospitalizado en Breslau. Un año después, algo recuperado, se encontró en un congreso médico con sus colegas y amigos Nissl y Kraepelin: ambos lo vieron decaído, compungido, sin el brillo de antes. “Afrontaba el futuro con escaso optimismo”, dijeron.

Cuando en 1914 estalló la Primera Guerra Mundial, y con uno de sus hijos enviado al frente de aquella guerra tremenda, Alzheimer se volcó de lleno al nacionalismo que, en veinte años iba a dominar Alemania y a condenarla al desastre. Una de sus conferencias, “Krieg und Nerven – La guerra y los nervios”, marcó para muchos de sus colegas el declive de su carrera científica: “Si bien la guerra puede causar graves lesiones nerviosas –sostuvo en una inesperada defensa del conflicto al que le adjudicó virtudes inexistentes– también es cierto que puede surtir un efecto fortalecedor, de modo que engendrará generaciones más voluntariosas, emprendedoras y audaces”. Lo desmentirían cuatro años después cuarenta millones de muertos.
También empequeñeció con un punzante desdén, las huellas psíquicas que dejaba el combate en los soldados; además de ignorarlas, las bastardeó y dijo que esas dificultades mentales se debían a un deseo de los afectados de obtener una recompensa. Llamó a su teoría, con una brutalidad fatua e inútil: “Neurosis de la renta”. La definió como un trastorno por el que: “A una herida leve causada, por ejemplo, por el rasguño de una bala (…) sigue una serie de molestias subjetivas en las que una investigación del sistema nervioso no proporciona ningún resultado, y no guarda, además, proporción alguna con el carácter leve de la herida. (…) Lo hemos calificado de histeria traumática o neurosis de renta, porque es justificado pensar que la perspectiva de recibir una renta sea el factor psíquico que perpetúa los síntomas”.
Alois Alzheimer murió en diciembre de 1915 por una masiva falla cardíaca, y cuando Europa seguía envuelta en la ferocidad de una guerra que el ilustre médico no comprendió. Lo despidió su amigo y compañero de investigación Franz Nissl, también testigo de su boda en tiempos no tan lejanos y más jubilosos: “La ceremonia transcurrió con la misma sencillez y silencio con el que se extinguió su vida. (…) Conforme a sus deseos, fue enterrado en el cementerio de Frankfurt junto a su esposa, fallecida tanto tiempo antes que él, y con quien sólo había podido vivir unos pocos años unidos en un matrimonio extraordinariamente feliz”.
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Alois murió sin saber, al menos sin demasiada conciencia de la importancia de sus investigaciones y hallazgos en el campo áspero de la neurología. El Alzheimer no tiene cura todavía, pero los tratamientos en desarrollo pueden detener o lentificar el avance del mal, o aliviar por un tiempo las duras consecuencias de su ataque despiadado. La ciencia rastrea la genética. Aunque no hay evidencia de que el mal sea genético, los investigadores siempre están alertas a los caprichos inexplicables de las células que se rebelan a su destino.
La teoría también plantea un interrogante: tal vez la enfermedad sea un desborde del sistema inmunitario, una especie de “fuego amigo” que igual no se sabe de dónde viene. Los nuevos fármacos pueden modificar la biología de la enfermedad y hay avances notables en la detención precoz del mal. La última teoría que apunta a aplacar a ese monstruo desbocado, llegó del Hospital Universitario de Ginebra, con el apoyo del Centro Nacional de Investigación del Alzheimer de Brescia y del Centro IRCCS (Istituto di Ricovero e Cura a Carattere Scientifico) de Nápoles. Allí sospechan que un desequilibrio de la flora intestinal, una bacteria, está relacionado con el desarrollo en el cerebro humano de las placas seniles, los amiloides, asociadas al origen del Alzheimer.
Todo lo entrevió hace ciento veinte años el genio de Alois Alzheimer, aquel chico parrandero que se batía a duelo con un sable en la mano. Y también lo dejó al desnudo, en un grito silencioso y desconcertado, Auguste Deter, aquella mujer deshilachada, que sabía que se había perdido a sí misma, y que dejó sin escribirla una esperanzada certeza que ilumina un poco el pozo de sombras de ese mal implacable que Alois llamó “Enfermedad del olvido”.
Dicen que lo último que olvidan los enfermos de Alzheimer, es el amor.

































