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La noche en que una función de ópera en Berlín puso al mundo al borde de la guerra nuclear

En 1961, el intento de un diplomático estadounidense de cruzar a Berlín Este para asistir a una función terminó en una crisis que enfrentó a tanques soviéticos y norteamericanos cara a cara. Durante horas, el mundo estuvo a metros de un conflicto nuclear.

La ópera tiene amantes y detractores. Los amantes son, como todos, apasionados. Los detractores esgrimen alguna tontería como la que afirma que es un género anticuado y vetusto, que lo es. También la guerra es anticuada y vetusta y sigue allí. Ahora, que un tipo esté dispuesto a desatar una guerra, probablemente atómica, porque le gusta la ópera, esa sí que es una tontería grande como una catedral.

Sin embargo, hace 65 años, a partir del domingo 22 de octubre de 1961, estuvimos a punto de ir a la guerra nuclear porque a Allen Lightner, el más alto cargo civil de la misión diplomática de Estados Unidos en la Alemania dividida y en el Berlín dividido, se le ocurrió ir junto a su esposa a escuchar ópera al sector Este de la ciudad. Eso era un desafío para las fuerzas de ocupación soviéticas que frenaron a Lightner, a su mujer y al auto del diplomático ni bien sus ruedas pisaron el sector ruso.

Cinco días después, el viernes 27, treinta tanques de Estados Unidos se enfrentaron con treinta tanques soviéticos a poco más de 30 metros de distancia, cara a cara, cañón a cañón, a ver quién pestañeaba primero. El mundo se paralizó, estuvimos así de ir a la guerra, tuvo que intervenir un espía ruso para calmar las aguas y el fantasma de la guerra huyó, se agazapó en espera de otra oportunidad.

También es posible que, además de gustarle la ópera, Lightner fuese un provocador. Lo era. La historia es una muestra, quién sabe si simpática, del ardiente mundo de lo que se llamó Guerra Fría. Todo sucedió a dos meses de instalado el Muro de Berlín que, en principio, fue de alambres de púas y bolsas de arena. Muro, lo que se dice muro de cemento y piedra, se construyó después. En aquella ciudad dividida, los berlineses del Este tuvieron prohibido pasar al Oeste y los del Oeste ni pensaban en pasar al Este. Quienes lo hacían necesitaban un permiso oficial y presentar sus documentos a la policía de la RDA, la República Democrática Alemana, dominada por la URSS a cargo de Nikita Khruschev.

Convoyes militares estadounidenses y patrullas de la policía oriental en la frontera del muro. (Foto: National Archives and Records Administration)
Convoyes militares estadounidenses y patrullas de la policía oriental en la frontera del muro. (Foto: National Archives and Records Administration)

Khruschev quería Berlín para la URSS porque vigente estaba la idea que afirmaba que quien dominara Berlín dominaría Europa. Y había pensado en otorgar cierta independencia, figurada y figurativa, a la RDA que presidía entonces Walter Ulbricht, un comunista alemán que en 1933 había huido de los nazis y había ido a parar a los brazos de oso del dictador José Stalin. Por orden de Khruschev, Ulbricht había dispuesto que el muro en formación y crecimiento, alambres y arena, estuviese bajo vigilancia de la policía militarizada de la RDA, conocida como Volkspolizei y mucho más conocida como “vopos”, uniformados todos de un verde demasiado similar al de la destruida Whermacht de Adolf Hitler, y con unos cascos en forma de pequeña palangana. Eran los “vopos” los que pedían papeles a los occidentales que querían pasar al sector Este.

Pasar hacia el lado comunista no era para todos. Estaba reservado solo para militares o civiles empleados por las fuerzas aliadas, empleados de las embajadas, extranjeros, trabajadores permanentes de la República Federal Alemana, la occidental y funcionarios de la RDA. Para los aliados, aceptar la autoridad de los “vopos” para pedir papeles o cualquier otra cosa, implicaba el reconocimiento de cierta soberanía del sector oriental de Berlín, y eso era inaceptable: solo hablaban con autoridades o tropas soviéticas.

En ese ambiente volátil, a Lightner se le ocurrió aquel domingo ir a la ópera de Berlín para ver y escuchar a una compañía de teatro lírico experimental checoslovaca. Poner en peligro la paz del mundo por apostar a una compañía experimental checa es tener un par de narices de acero. Pero el tipo estaba empeñado en pasar un domingo musical. Le pidió a su mujer, Dorothy, que lo acompañara, treparon ambos al Volkswagen familiar y encararon para el estratégico Checkpoint Charlie que fue desmantelado y demolido el 22 de junio de 1990, después de la caída del Muro, y hoy es un museo; pero en esa época, y por casi tres décadas, fue uno de los puntos clave de la Guerra Fría.

El Muro había dejado apenas tres pasos abiertos a lo largo de todo Berlín y con los debidos controles fronterizos, se trataba de una ciudad dividida en dos en un país también dividido en dos. Los aliados les dieron el nombre del alfabeto fonético militar que es casi universal. Al primero de los pasos lo llamaron Checkpoint Alfa: estaba en la autopista que conectaba a Berlín con la zona del Rhur. Al segundo lo llamaron Checkpoint Bravo, se alzaba en la autopista Dreilinden, que también conectaba la zona del Rhur, pero por el Este. El tercero, el Checkpoint Charlie, se instaló en la Friedrichstrasse, la avenida más céntrica y comercial de Berlín de antes de la guerra, ahora también dividida en dos.

Lightner puso su Volkswagen en marcha en la puerta de su residencia del distrito de Dahlem, una mansión que le había sido confiscada a un jerarca nazi, con plena conciencia de lo que iba a suceder: su vida no corría peligro; su noche de ópera, sí. Cuando dejó atrás el Checkpoint Charlie y Berlín Oeste y entró en Berlín Este, los “vopos” le salieron al paso, interceptaron el auto y le pidieron papeles, documentos, autorizaciones; Lightner se negó: solo se identificaría ante oficiales soviéticos. Los policías le dijeron que era domingo y que no iban a hallar disponible a ninguna autoridad rusa: o mostraba los papeles o regresaba. Lightner dijo que de ninguna manera, que tenía entradas para la ópera y que tenía decidido pasar.

La discusión siguió durante 45 minutos, hubo gritos, amenazas y desafíos. Los “vopos” tenían orden de disparar a cualquiera que quisiera entrar al Este sin papeles, como si se tratara de alguien que pretendía huir a Berlín Oeste, pero sabían que matar a un diplomático estadounidense podía desencadenar una guerra. Desde el teléfono de su auto, un adelanto técnico de la época, Lightner llamó al general Lucius Clay y le contó en qué lío estaba metido.

Un auto diplomático de los Estados Unidos rodeado de soldados americanos cruza hacia Berlín Oeste. (Foto: National Archives and Records Administration)
Un auto diplomático de los Estados Unidos rodeado de soldados americanos cruza hacia Berlín Oeste. (Foto: National Archives and Records Administration)

Clay era un héroe para los alemanes: había sido segundo del general Dwight Eisenhower durante la guerra y había enfrentado con éxito el bloqueo de Berlín ordenado por Stalin en 1948. Se había retirado en 1949, pero el presidente John Kennedy le pidió que regresara a Berlín como su enviado especial. Clay estaba en desacuerdo con la política apaciguadora de Estados Unidos frente al Muro, así que aquel domingo dijo a Lightner que siguiera adelante con su osada excursión hacia el peligro.

Por su parte, Lightner no era solo un amante de la ópera. Como joven diplomático enviado a la Unión Soviética a fines de 1930, había huido con todos los documentos de la embajada estadounidense en Moscú cuando los nazis invadieron la URSS en 1941. Era un anticomunista fervoroso, que fue a parar a Londres para compartir con los británicos los refugios subterráneos durante los bombardeos alemanes. Su decisión de ir a la ópera formaba parte de un plan pergeñado y autorizado por Clay para saber hasta dónde se podía torcer el brazo a los soviéticos en Berlín.

Soldado estadounidense monitoreando los tanques soviéticos. (Foto: National Archives and Records Administration)
Soldado estadounidense monitoreando los tanques soviéticos. (Foto: National Archives and Records Administration)

En pleno tira y afloje con la policía militarizada alemana, y cuando caía la tarde otoñal, uno de los “vopos” le advirtió al empecinado Lightner: “Va a tener que quedarse aquí toda la noche, hasta mañana, cuando aparezca algún oficial soviético, si es que aparece alguno”. Y Lightner, que a esta altura ya había olvidado a la compañía experimental checa de lírica, dijo: “Lo siento, voy a usar mi derecho como miembro de los aliados a entrar en cualquier sector de Berlín”. Apretó el acelerador, el Volkswagen pegó un salto, casi embiste a dos policías y fue a detenerse cerca de uno de los bloques de cemento colocados en forma escalonada, que impedían el paso veloz de cualquier vehículo. Los alemanes, armados hasta las cejas, volvieron a frenar el auto mientras desde el sector Oeste dos jeeps cargados con soldados del Grupo de Batalla 2, armados con fusiles M14 y bayoneta calada, todos a órdenes de Clay, estacionaron detrás del auto de Lightner y lo rodearon para protegerlo. Fue la primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial que tropas estadounidenses entraron en territorio soviético.

Uno de los soldados americanos invitó a Dorothy Lightner a bajar del auto y a regresar con uno de ellos al Checkpoint Charlie. La mujer no quiso. “Órdenes del general Clay –le dijo el soldado– Nuestras órdenes dicen que su presencia no es necesaria aquí”. La mujer volvió al Oeste y Lightner, con siete soldados que custodiaban su auto, entró con suma lentitud unos 150 metros en Berlín Este, sin que los “vopos” atinaran a hacer algo. El Volkswagen después giró en U y regresó a Berlín Oeste, solo para volver a ingresar al Este y repetir el paseíto, siempre con los soldados de Clay dispuestos a disparar. Frente al Checkpoint Charlie se alistaron un par de tanques americanos y unos bulldozers dispuestos a arrasar en parte aquel precario muro de alambre de púas y arena si era necesario. No fue necesario.

Así fue como terminó todo. O casi todo. Faltaba lo mejor. En Washington algunas almas temblaban. Kennedy, que vivió toda su presidencia con el temor de un conflicto nuclear desatado por error o por tontería, que había seguido el incidente minuto a minuto, para usar un lenguaje de hoy, y que además conocía al tozudo Lightner, preguntó: “¿Qué es lo que está haciendo ese tipo?” Dean Rusk, su secretario de Estado, le contó el motivo del incidente y quiso calmarlo: “Es una cuestión de los vopos. No hay soviéticos metidos en esto”. Y Kennedy: “Decíle a ese tipo que no lo mandamos a Berlín para que vaya a la ópera”.

Los tanques americanos y soviéticos enfrentados en Check Point Charly en octubre de 1961. (Foto: National Archives and Records Administration)
Los tanques americanos y soviéticos enfrentados en Check Point Charly en octubre de 1961. (Foto: National Archives and Records Administration)

Después, el presidente se dio un baño de realidad: habló con el general Clay para enterarse de qué era lo que pasaba. El militar le reveló que él mismo había dado las órdenes esa agitada noche; dijo a Kennedy que si los soldados del Oeste retrocedían, Estados Unidos perdería toda su credibilidad en Alemania. Era más o menos lo que Kennedy le había dicho a Khruschev cuatro meses antes, durante su encuentro en Viena, el día en que ambos se amenazaron con la guerra. Así que Kennedy debió elegir entre dos alternativas: o abdicaba de su estrategia política, o confiaba en el general Clay. Confió en Clay.

El miércoles 25 de octubre, otro auto, identificado ahora con la patente de las tropas de ocupación y con diplomáticos estadounidenses en su interior, ingresó a Berlín Este. Aquí, justo es decirlo, Lightner ya no tenía nada que ver. Y la ópera checa menos. El jueguito del domingo anterior volvió a repetirse con una variante: ni bien los “vopos” pararon el auto de los diplomáticos, Clay ordenó que diez tanques marcharan hacia la Friedrichstrasse con sus cañones apuntando a las fuerzas policiales del Este. Tres jeeps, cada uno con cuatro soldados con fusiles y bayonetas caladas, atravesaron el puesto fronterizo, se formaron frente al coche de los diplomáticos y se adentraron en Berlín Este. Esta vez sí había oficiales soviéticos junto a la policía militarizada alemana. Pero solo miraron.

El viernes 27, otro auto con civiles estadounidenses a bordo fue detenido por los vopos y volvieron las discusiones; los americanos, apoyados por diez tanques desde el otro lado, pedían a un oficial soviético para identificarse y los policías alemanes se negaban a convocar a uno. No fue un oficial soviético el que apareció en el escenario en el que se jugaba la paz del mundo: fueron diez tanques rusos T-54 con sus cañones apuntando a los tanques americanos.

El enfrentamiento de tanques en el Checkpoint Charlie en Berlín. (Foto: National Archives and Records Administration)
El enfrentamiento de tanques en el Checkpoint Charlie en Berlín. (Foto: National Archives and Records Administration)

El jueguito había terminado. Entre las dos fuerzas de blindados había menos de treinta metros de distancia: eso era lo que separaba a la paz del primer enfrentamiento de la era nuclear entre soviéticos y americanos. Era un espectáculo que seguían, como en un partido de fútbol, las cámaras de los corresponsales de medio mundo. Desde Washington, y por teléfono, Kennedy y parte de su gabinete seguían en vivo aquel duelo entre matones de barrio. Kennedy y Clay volvieron a hablar. Los documentos oficiales recogieron el diálogo:

Kennedy: -¿Cómo andan las cosas por allí, general?

Clay: -Fantástico, señor presidente. Estamos iguales: diez tanques de cada lado. No, espere: los rusos han traído ahora veinte tanques más. Ahora son treinta. Eso prueba que tienen información exacta sobre nuestras tropas. Es el número de tanques que nosotros tenemos en Berlín. Así que vamos a traer nuestros restantes tanques también.

Kennedy: -¿Está nervioso, general?

Clay: -¿Nervioso? Aquí no hay nadie nervioso, señor. Si hay alguien nervioso probablemente sea alguien en Washington.

Kennedy: -Bueno, general: aquí hay un montón de gente nerviosa. Yo no soy uno de ellos.

¡El mundo entero estaba nervioso! Y Clay también. En algún momento pensó: “Dios mío, un subteniente soviético puede desatar la tercera guerra mundial…” La guerra dependía de una interpretación semántica, de un imbécil inquieto o con vocación de héroe, de un yerro o de un mal cálculo. Era raro que hubiera disparos, pero podía suceder. Ahora que ambas potencias se habían mojado las orejas, restaba solucionar el drama más agudo del conflicto: cómo retroceder con cierta dignidad. Kennedy y Khruschev dialogaban sin hablarse. El hermano del presidente, Robert Kennedy, que era fiscal general, algo así como ministro de Justicia, mantenía entonces una estrecha relación con Georgi Bolshakov, un ruso acreditado en la Casa Blanca como editor periodístico de una revista de novedades de la Unión Soviética. De periodista, nada: era un espía. Los Kennedy habían decidido llevar adelante un diálogo con Khruschev por encima de la CIA y de la KGB, del Departamento de Estado a cargo de Rusk y de la cancillería soviética a cargo de Andrei Gromyko y por encima de los jefes militares de los dos bandos. Era peligroso, pero así jugaban.

El mensaje de Kennedy a Khruschev, vía Bolshakov, propuso, palabras más o menos, que si la URSS retiraba sus tanques dentro de las veinticuatro horas, “los nuestros harán lo mismo media hora después”. En la mañana del 28 de octubre, los tanques soviéticos se retiraron. Primero, Khruschev tuvo que convencer al mariscal Iván Koniev, su viejo amigo y héroe de guerra de la URSS. Lo hizo con un argumento sencillo y realista: “Iván, creéme, nada de esto vale una guerra”. El mariscal hizo lo que le ordenaban, pero ubicó sus tanques detrás de los edificios de la Friedrichstrasse, fuera de la vista de los aliados, y con sus motores en marcha. Los tanques americanos hicieron lo mismo y el incidente se dio por terminado. Para evitar peligrosas repeticiones, el gobierno de Ulbricht decretó de inmediato que los únicos en no ser identificados por los vopos serían de ahora en más, el personal aliado que viajara a Berlín Este de uniforme.

John Kennedy y Nikita Khrushchev reunidos. (Foto: Google)
John Kennedy y Nikita Khrushchev reunidos. (Foto: Google)

El Muro de Berlín cayó en 1989, dos años antes del fin del comunismo en la URSS. Al año siguiente, el Checkpoint Charlie fue desmantelado y demolido. Ulbricht, el obrero comunista que se hizo político y presidió la República Federal Alemana, fue desalojado del poder en 1971 por Erich Honecker. Murió en agosto de 1973, a los ochenta años, cerca de Berlín.

Lucius Clay, el general que defendió Berlín, siguió en funciones en Alemania hasta el asesinato de Kennedy en 1963. Murió en Massachusetts, en abril de 1978, una semana antes de cumplir 80 años. Está enterrado en el cementerio de la Academia Militar de West Point. En su tumba hay una placa de piedra que donaron los berlineses. Dice: “Demos gracias al preservador de nuestra libertad”.

Allan Lightner, el hombre al que le gustaba la ópera, siguió en funciones en Berlín. Participó de unas cuantas operaciones secretas de la Guerra Fría, entre ellas, el intercambio del piloto americano Francis Gary Powers por el espía soviético Rudolf Abel, que Steven Spielberg hizo famoso en la película “Puente de espías”, protagonizada por Tom Hanks. Luego fue embajador en Libia entre 1963 y 1965 y profesor de la Escuela Nacional de Guerra de Estados Unidos entre 1967 y 1970. Murió en septiembre de 1990, a los ochenta y dos años.

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