Estuvo 21 días dentro de una de las zonas más contaminadas del mundo. Sin equipos adecuados. Sin información. Oleksandr Oleynikov, militar de la Unión Soviética, contó cómo fue vivir y trabajar en Chernobyl después de la explosión nuclear de 1986 y qué secuelas le dejó para siempre.
“El 26 de abril ocurrió el accidente y yo estaba en Lugansk, una ciudad de Ucrania. El 10 de mayo nos pusieron en alerta y mandaron a la zona”, recordó en diálogo con TN. Su tarea era custodiar el perímetro de 30 kilómetros alrededor de la central. Tenía que patrullar pueblos abandonados y evitar robos de objetos contaminados que podían salir de ese lugar sin control.
Las escenas que encontró al llegar al lugar lo marcaron para siempre. Las casas estaban abiertas, con ropa tirada y recuerdos intactos. Los habitantes habían sido evacuados de urgencia y se habían ido con lo puesto, dejando atrás toda una vida. “Documentos, algo de dinero y poco más se llevaron. Todo lo demás quedó ahí”, recordó Oleynikov.
Pero lo más impactante no fueron las viviendas vacías, sino el paisaje. La radiación ya había transformado por completo la zona. “Los árboles y el pasto estaban rojos. El reactor estaba abierto y el viento llevaba la radiación por todos lados”, confesó. En el aire había un olor fuerte y permanente a yodo. “Respirábamos eso todo el tiempo”, agregó.
Turnos extremos y descanso en la misma zona contaminada
La rutina era extrema: pasaban 24 horas dentro de la zona contaminada y luego tenían otras 24 de descanso, aunque ese “descanso” también transcurría dentro del mismo territorio afectado. Dormían en carpas o en pozos improvisados bajo tierra, rodeados por el mismo bosque contaminado y expuestos de forma permanente a la radiación.
La protección era prácticamente inexistente. “Solo nos daban respiradores que en apenas dos horas se volvían rojos por el yodo acumulado”, explicó Oleynikov. No contaban con dosímetros ni con equipos para medir los niveles de radiación. Tampoco había cambios de ropa ni protocolos de descontaminación: “Sacudíamos el polvo y seguíamos usando lo mismo”, añadió.

La falta de información era total. Nadie explicaba qué pasaba. Nadie decía qué era la radiación. “Lo más duro era sentir que la vida no importaba”, aseguró. En ese contexto, muchos soldados fueron enviados directamente al reactor. “Era una condena a muerte”, dijo.
Durante esos días recibió una noticia que lo marcó profundamente. Un amigo suyo, también militar, había sido enviado antes a la zona más afectada, mucho más cerca del reactor destruido. “Murió junto con varios de sus soldados”, relató a TN. La exposición a la radiación había sido tan alta que no lograron sobrevivir.
Síntomas, evacuación y un diagnóstico para toda la vida
Los síntomas no tardaron en aparecer: dolor de cabeza constante, cansancio y una debilidad constante. Aun así, seguían trabajando. “No teníamos fuerzas, pero continuábamos igual”, contó. Cuando finalmente llegaron los especialistas en radiación, la decisión fue inmediata: evacuación urgente. Él y sus compañeros militares ya habían superado todos los niveles permitidos de exposición.
Regresó a su ciudad, pero nada volvió a ser igual. Pasó dos meses internado en un hospital, recibió tratamiento por la contaminación en la sangre y durante años tuvo que someterse a controles médicos frecuentes. “Entré con el cien por ciento de mi salud. Hoy me queda apenas una parte”, confesó.
El paso del tiempo tampoco alivió el impacto. Muchos de sus compañeros murieron. Otros enfermaron. Él sobrevivió, en parte, por su edad y su estado físico de aquel momento. Aun así, las consecuencias siguen presentes.
Nunca quiso regresar a Chernobyl. La respuesta fue directa: “Nunca tuve ganas de hacerlo”.

A casi cuatro décadas del desastre, su testimonio refleja otra cara de Chernobyl: la de los soldados que fueron enviados a la zona contaminada con escasa preparación, poca información y protección insuficiente frente a la radiación. “Así fue. Así pasó de verdad”, cerró Oleynikov.
Redacción: Lola Blasco TN

































