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Opinión

Rescatando al soldado Adorni

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Aún figura en el gabinete ideal de Milei, aunque esté cada vez más lejos del que necesita. Sosteniéndolo, el Presidente deja en claro que no va a renunciar fácilmente a la pretensión de construir una gestión que dependa por completo de él, se acomode dócilmente a sus preferencias y le evite tener cerca gente que piensa distinto. Todo lo que, en el fondo, no le haría nada bien, y mucho menos al país.

El manejo de este escándalo por el presidente Javier Milei es peor que el escándalo mismo: está alejándolo de la posibilidad de aprender de sus errores, mejorar su gestión y acomodar las preferencias gubernamentales a las demandas y prioridades de la sociedad y las condiciones que impone la realidad que lo rodea.

Aunque eso no quiere decir que en la insistencia con que Milei ha defendido la continuidad de Manuel Adorni en su cargo no haya algo de cálculo pragmático, y una prueba de fuerza frente a adversarios que o bien considera desafiantes, o teme que lleguen a serlo: de ahí la prioridad puesta por el presidente en evitar que los opositores, los periodistas, y el malhumor social le tuerzan el brazo en este asunto, por primera vez desde que se inició la gestión libertaria hagan rodar la cabeza de un funcionario importante, y creen así un antecedente que luego querrán y tal vez puedan replicar en otros terrenos.

Igual que hace frente a la ley de presupuesto universitario, para Milei se trata no solo de los recursos en juego (el monto de dinero en un caso, el valor del funcionario para el programa de gobierno en el otro), sino de la reputación que podría perder si se mostrara débil, incapaz de controlar asuntos muy gravitantes, como el gasto y el armado de su equipo.

El presidente Javier Milei y su vínculo con el jefe de Gabinete, Manuel Adorni. (Foto: Reuters)
El presidente Javier Milei y su vínculo con el jefe de Gabinete, Manuel Adorni. (Foto: Reuters)

Pero esa es solo una parte del asunto. Está también en juego el tipo de equipo que busca consolidar, si va a ser uno totalmente alineado y jerárquico, o uno mínimamente plural y competitivo. Es decir, si quienes más graviten en el gobierno serán “los propios”, porque ellos se van fortaleciendo frente a los “recién llegados”, y entonces todos los que hasta hace poco no eran del palo se esfuerzan por serlo, por “pertenecer”, para hacer carrera; o si el presidente y su gente siguen dependiendo para cuestiones esenciales de funcionarios que tienen sus propios planes y agendas, buscan conservar cierta autonomía y llegado el caso podrían desafiar al vértice para lograr lo que ambicionan.

Los Milei, como se sabe, entienden que el poder es un monopolio, así que no piensan por nada del mundo “resignarse” a que suceda lo segundo.

El problema es que llegaron al gobierno con muy pocos fieles a su alrededor, muy pocos de ellos encima les sirvieron hasta ahora para manejar asuntos importantes de la gestión sin hacer papelones, y como son muy desconfiados no se toman demasiado en serio las declaraciones de amor y lealtad de los recién llegados, que sí les han sido más útiles para estos menesteres.

Problema que ayuda a entender, en alguna medida al menos, lo mal que se ha venido manejando el caso Adorni. El hecho de que Javier y Karina hayan actuado como si no supieran, ni les interesara siquiera, cuantos muertos más tenía escondidos en el placard el jefe de Gabinete. Porque el asunto decisivo para ellos fue desde el principio otro: el modelo de gestión tendencialmente monopólico que creen van a salvar salvando a Adorni.

Recordemos que una buena parte de los funcionarios más relevantes con que ha contado el presidente, los eligió por necesidad, no por preferencia. Y Cristina diría que se contaron y se cuentan entre “los que mejor le funcionan”: Luis Caputo y su equipo, Guillermo FrancosPatricia Bullrich antes y Alejandra Monteoliva ahora, Federico Sturzenegger, Diego Santilli.

El ministro de Economía, Luis Caputo. (Foto: Ministerio de Economía)
El ministro de Economía, Luis Caputo. (Foto: Ministerio de Economía)

Se ganaron su lugar en el gabinete con esfuerzo, tuvieron que convencer a Javier y Karina que los incluyeran, porque no formaban parte inicialmente del círculo libertario, y algunos ni siquiera se afiliaron a ese partido. Pero al menos en algún momento y para algunos asuntos se volvieron imprescindibles. ¿Confiaron o confían realmente los Milei en ellos, o solo a medias?

Después está la gente que Javier, o Karina, o los dos, eligieron porque quisieron, eran del palo desde el comienzo, o se sumaron con entusiasmo al entorno rápidamente. Nunca tuvieron mucho para ofrecer, más allá de su obediencia ciega. Y en general les ha ido bastante peor en sus roles de gestión o donde fuera que se desempeñaron: encarnan lo que los Milei realmente desean, pero a veces no les conviene conseguir.

Manuel Adorni, igual que José Luis Espert, Lule Menem, Sandra Pettovello, Santiago Caputo y Gerardo Werthein, integra esa lista. Algunos han sido defenestrados por errores o papelones muy groseros. Otros han logrado zafar, pero no quedaron indemnes y provocaron considerables daños al oficialismo.

Por último están los muchos funcionarios que nunca sabremos si podrían o no haber hecho un buen trabajo, porque los Milei no los dejaron ni intentarlo: a poco de ponerlos los sacaron, en muchos casos de mala manera, por disensos o “errores” menores y a veces realmente ridículos. Sería muy trabajoso hacer la lista, y lo importante es que ilustran lo mucho que a Milei le gusta echar gente, sobre todo cuando no son íntimos, los cree fácilmente reemplazables, y al echarlos logra demostrar poder, que el que manda es él y todos los demás son meros instrumentos. Salvo Karina, claro.

Javier Milei, Karina Milei y Manuel Adorni. (Foto: Reuters)
Javier Milei, Karina Milei y Manuel Adorni. (Foto: Reuters)

Lo que también muestra este panorama es que Milei se ha resistido a pie juntillas a echar gente cuando no es él quien demuestra poder al hacerlo, sino otros actores, que le imponen de alguna manera esa decisión: solo lo hizo en un caso hasta ahora, el de Espert, y porque el susodicho no era funcionario, y si no lo hacía podía perder una elección decisiva para su supervivencia. Y recordemos que de todos modos se resignó a dar ese paso solo tras insistir semanas y semanas con una campaña inviable, y estando ya al borde del abismo.

Se entiende por esto que con el caso Adorni esté actuando más como hizo con Lule Menem durante el escándalo de ANDIS: no hay elecciones a la vista, así que cree poder esperar hasta que la tormenta pase. Y está decidido a intentarlo. Porque lo que aprendió de ANDIS, o cree haber aprendido, es que muchos de estos escándalos tienden a desactivarse solos, porque la gente se cansa de escuchar de ellos si no hay más novedades durante algunos días, y retrospectivamente siempre es mejor haber mostrado fortaleza que transparencia. Aflojar puede abrir la puerta para que te reclamen más despidos, revisiones y te abran más investigaciones, mientras que simular demencia y hablar de otra cosa te permite desanimar a los opositores y convencer a los propios de que tus defectos y pecados, si existen, tan graves no deben ser.

En esa está. Puede fallarle, pero no va a desistir sin agotar todas las chances de que su “equipo soñado” sea el que salga victorioso, y los demás, incluso el resto de sus colaboradores, aleccionen.

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