Mientras el calendario escolar 2026 avanza, los alumnos de la EEP N° 166 deben cambiar los pizarrones por el WhatsApp debido a una infestación de roedores que pone en jaque la salud pública.
La educación pública en nuestra ciudad ha tropezado con una realidad tan insalubre como indignante. Lo que debía ser una jornada normal de aprendizaje se transformó, este miércoles 18 de marzo, en un operativo de emergencia sanitaria. La Escuela de Educación Primaria N° 166 “Antonio Ramón Fernández” se vio obligada a clausurar sus puertas y suspender las clases presenciales tras confirmarse que el edificio ha sido tomado por una invasión de roedores.
La disposición, que lleva la firma del director del establecimiento, José María Sosa, no deja lugar a dudas sobre la gravedad del cuadro: se han detectado ratas no solo en los depósitos o patios, sino en las propias aulas donde diariamente se sientan cientos de niños de los turnos mañana y tarde.
Un foco infeccioso entre bancos y libros
La presencia de estos animales representa una amenaza directa y letal. Los roedores son vectores conocidos de enfermedades graves como el hantavirus, la leptospirosis y la salmonelosis. Que una institución educativa llegue al extremo de tener que suspender actividades por falta de condiciones básicas de higiene despierta un interrogante inevitable: ¿Cómo se permitió que la situación escalara hasta este punto?
La comunidad educativa se encuentra en alerta, ya que la medida se mantendrá por tiempo indeterminado, supeditada a que se garantice una desinsectación y desratización efectiva que devuelva la seguridad al edificio.
El parche de la virtualidad
Como ya parece ser costumbre ante las falencias edilicias o sanitarias, la respuesta oficial ha sido el repliegue. Se ha dispuesto que los alumnos continúen su ciclo lectivo a través de grupos de WhatsApp y material impreso.
Esta “continuidad pedagógica” de emergencia vuelve a poner sobre la mesa la brecha educativa y el desgaste de un sistema que, en pleno 2026, no puede asegurar un espacio libre de plagas para sus estudiantes. Mientras los padres esperan respuestas concretas y una limpieza profunda, los pasillos de la Escuela 166 permanecen en silencio, habitados únicamente por una plaga que nunca debió entrar al templo del saber.
La supervisión correspondiente ya ha sido notificada, pero la indignación de las familias locales crece: en la educación de los niños, la desidia no puede tener lugar.

































