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La quiebra de la plataforma FTX generó múltiples interrogantes y temor en el mundo de las criptomonedas

El colapso del gigante le ha dado un golpe catastrófico a la reputación y las aspiraciones del criptomundo.

Cayó en desgracia como plomo y en un santiamén. Apenas hace dos semanas, Sam Bankman-Fried se movía en la estratósfera. FTX, su casa de cambio de criptomonedas, que en ese momento era la tercera más grande del mundo, se valuaba en 32.000 millones de dólares; su valor personal era de unos 16.000 millones de dólares.

En Silicon Valley, los inversionistas en primeras fases hablaban de él con efusividad; lo describían como el genio financiero capaz de sorprender a los inversionistas mientras jugaba videojuegos e incluso decían que quizá estaba destinado a convertirse en el primer billonario del mundo. En Washington, era el rostro aceptable del criptomundo; se codeaba con legisladores y financiaba proyectos para influir su regulación.

Hoy, no queda más que un millón de acreedores furiosos, decenas de empresas tambaleantes en el sector y una proliferación de investigaciones regulatorias y penales. La implosión acelerada de FTX le ha asestado un golpe catastrófico a una industria que tiene todo un historial de fracasos y escándalos. Nunca antes se había considerado a la criptoindustria más facinerosa, despilfarradora e infructuosa que en este momento.

Mientras más información se revela sobre el fin de FTX, más escalofriante se vuelve la historia. Los propios términos de servicio de la casa de cambio estipulaban que no debía otorgarle en préstamo activos de los clientes a su subsidiaria. Sin embargo, de los 14.000 millones de dólares de esos activos, sus registros muestran que le había otorgado préstamos por 8000 millones de dólares a Alameda Research, empresa que también era propiedad de Bankman-Fried.

No solo eso, sino que aceptó como colateral sus propios tókenes digitales, que había generado de la nada. Una sesión fatal en la casa de cambio dejó al descubierto el enorme hueco en su balance general. Para rematar, después de que FTX se declaró en quiebra en Estados Unidos, cientos de millones de dólares volaron misteriosamente de sus cuentas.

FTX se declaró en quiebra y sacudió el mundo cripto. (Foto: AP/Bruce Kluckhohn)
FTX se declaró en quiebra y sacudió el mundo cripto. (Foto: AP/Bruce Kluckhohn)

Grandes personalidades, préstamos incestuosos, colapsos de un día para otro… estos son los elementos típicos de la fiebre de especulación financiera clásica, desde la crisis de los tulipanes en el siglo XVII en los Países Bajos hasta la Burbuja de los Mares del Sur en el Reino Unido del siglo XVIII y la crisis bancaria de Estados Unidos a principios del siglo XX. El valor de mercado de las criptomonedas en general, que a principios de 2021 era de casi 800.000 millones de dólares, se disparó ese mismo año hasta alturas intoxicantes de casi 3 billones de dólares. El día de hoy se ubica de nueva cuenta en 830.000 millones de dólares.

Al igual que al final de cualquier otra fiebre especulativa, la pregunta que ahora está en el aire es si las criptomonedas llegarán a servir en algún momento para algo más que estafar y especular. Nos prometieron una tecnología capaz de hacer más rápida, barata y eficiente la intermediación financiera. Lo cierto es que, con el estallido de cada nuevo escándalo aumentan las probabilidades de que los innovadores genuinos le huyan a esta industria y desaparezca. No obstante, todavía hay ciertas posibilidades, aunque cada vez menos, de que algún día surja una innovación perdurable. Ahora que el criptomundo cae como plomo a la Tierra, deberíamos aferrarnos a esa pequeña posibilidad.

De entre las ruinas de la semana pasada, vale la pena recuperar el recuerdo del potencial latente de la tecnología. La banca convencional requiere una vasta infraestructura para mantener la confianza entre extraños. Es caro y, en muchas ocasiones, queda en manos de unos cuantos privilegiados que se llevan su tajada. En cambio, las cadenas de bloques públicas se construyen en una red de computadoras, lo que garantiza la transparencia de sus transacciones y, en teoría, que sean confiables.

Es posible desarrollar sobre ese cimiento funciones interoperables de código abierto, como contratos inteligentes de cumplimiento automático con la garantía de que funcionarán como los escritos. Un sistema de tókenes, junto con las reglas que lo rigen, pueden ofrecer una opción inteligente para incentivar la aportación de código abierto. Además, podría hacer posibles planes cuya aplicación en el mundo real sería cara o nada práctica, como permitir que los artistas conserven una participación en el producto de la reventa de sus obras digitales, por ejemplo.

Lo decepcionante es que, transcurridos 14 años desde la invención de la cadena de bloques de Bitcoin, muy pocos aspectos de esa promesa se han cumplido. El frenesí por las criptomonedas atrajo talento, desde egresados universitarios brillantes hasta profesionales de Wall Street, además de capital de firmas de inversión en fases tempranas y fondos de pensiones y activos soberanos.

A pesar de su caída, Bitcoin se mantiene como la cripto de referencia. (Foto: Reuters)
A pesar de su caída, Bitcoin se mantiene como la cripto de referencia. (Foto: Reuters)

Se han empleado cantidades enormes de dinero, tiempo, talento y energía para construir estructuras comparables a casinos virtuales. Existen versiones eficientes y descentralizadas de funciones financieras convencionales, como casas de cambio de monedas y préstamos. Pero muchos consumidores, por temor a perder su dinero, no confían en ellas. En vez de utilizar estas funciones, se les aprovecha para especular con tókenes inestables. Abundan los blanqueadores de dinero, evasores de sanciones y estafadores.

Ante este panorama, un escéptico bien podría decir que llegó el momento de regular para que esta industria desaparezca. Sin embargo, una sociedad capitalista debería permitirles a los inversionistas tomar riesgos a sabiendas de que saldrán perdiendo si sus inversiones resultan malas. Con todo y la implosión del criptomundo, las consecuencias para el sistema financiero en su conjunto han sido manejables. Algunas de las empresas que respaldaban a FTX son Sequoia, una firma de capital riesgo de California; Temasek, un fondo de activos soberanos de Singapur; y el Plan de Pensiones de Maestros de Ontario. Todos ellos perdieron dinero, pero nada catastrófico.

Es más, los escépticos deberían reconocer que nadie es capaz de predecir qué innovaciones darán fruto y cuáles no. La gente debería tener la libertad de dedicarle tiempo y dinero a la energía de fusión, las aeronaves, el metaverso y muchas otras tecnologías que quizá nunca resulten. Las criptomonedas no son un caso aparte. Conforme se desarrolle la economía virtual, todavía es posible que aparezcan aplicaciones descentralizadas útiles, ¿quién sabe? La tecnología subyacente sigue mejorando. Una actualización de la cadena de bloques de Ethereum en septiembre redujo de manera radical su consumo de energía, lo que le abre la posibilidad de manejar con eficiencia grandes volúmenes de transacciones.

En vez de abrumar a la criptoindustria con normas o de plano aniquilarla, los reguladores deberían guiarse por dos principios. Uno es garantizar que se minimicen los robos y el fraude, como en cualquier actividad financiera. El otro es mantener el sistema financiero establecido aislado de cualquier otra afectación del criptomundo. Aunque las cadenas de bloques se diseñaron específicamente para evitar la regulación, estos principios justifican la regulación de las instituciones que operan como guardianes de la criptósfera. Exigirles a las casas de cambio que respalden los depósitos de los clientes con activos líquidos es un paso obvio. Un segundo paso sería tener reglas de divulgación que revelen, por ejemplo, si se le ha otorgado un préstamo colosal y con colateral dudoso a una subsidiaria de la propia casa de cambio. Las llamadas “stablecoins”, que deben mantener su valor en monedas del mundo real, deberían regularse como si fueran instrumentos de pago en los bancos.

¿Bulbo de tulipán o idea brillante?

Que el destino de la criptoindustria sea sobrevivir o convertirse en una curiosidad financiera al estilo del bulbo de tulipán en realidad no dependerá de la regulación. Mientras más escándalos surjan, más salpicarán a la industria en su conjunto y empañarán sus aspiraciones. El encanto de la innovación no tiene la menor importancia si los inversionistas y los usuarios temen que su dinero desaparezca de golpe. Si la criptoindustria busca resurgir, debe encontrar un uso válido que deje en el pasado las acciones sospechosas.

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