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Cristina Kirchner deberá convertirse en su propio Alberto Fernández para poder competir en las elecciones

Si la economía mejora, el FdT podría recuperar competitividad y Cristina postularse. Pero para cosechar votos de centro, deberá dejar de hablar de cuestiones divisivas que la alejan de la clase media. Únicamente con los votos de los sectores duros no será suficiente.

En los últimos días, distintos dirigentes y sectores del kirchnerismo comenzaron a moverse con el objetivo de posicionar la idea de una Cristina Kirchner candidata en 2023. De máxima, para que compita por la presidencia y, de mínima, para que siga sentada, y con fueros, en una banca del Senado (el próximo año se renuevan senadores en la provincia de Buenos Aires, bastión K y distrito por el cual fue electa en 2017).

El presidente del interbloque del FdT en la Cámara Alta, José Mayans, la lanzó abiertamente: “Creo que la Argentina merece otro gobierno de la compañera”, dijo hace unos días en un acto en el Congreso. El intento de concretar un “operativo clamor” comenzó.

Antes del intento de atentado, el alegato del fiscal Diego Luciani y el pedido de una pena de 12 años de prisión para la vicepresidenta había disparado un proceso centrípeto en el FdT, haciendo olvidar rápidamente las fuertes discusiones (e incluso los agravios) del pasado reciente. Curiosamente, como un espejo invertido, se generó un efecto centrífugo en JxC. Las internas en la oposición existieron siempre, pero la perspectiva de triunfo se transformaba en un elemento unificador. En tanto, el oficialismo discutía ferozmente por todo: internas, candidaturas, adelantamiento de elecciones en las provincias, rumbo de la economía, acuerdo con el FMI, déficit fiscal, tarifas, funcionarios que no funcionan, el gasoducto Néstor Kirchner y un largo etcétera.

Esta situación hoy se invirtió: es el gobierno el que, a pesar de los múltiples problemas, aparece más cohesionado en torno a la figura de Cristina Kirchner y, aunque no termine siendo ella misma la candidata a presidente, la unidad no parece comprometida (al menos no por ahora). Mientras que en JxC aparecen todo tipo de dudas por las peleas que hay entre los socios y al interior de ellos.

¿El desgaste autoinfligido por el “fuego amigo” en JxC será suficiente para que Cristina sea competitiva en 2023? Algunos especulan con que el intento de atentado podría beneficiarla de cara a la opinión pública, que podría empatizar con ella luego de que su vida estuvo en riesgo. Un estudio reciente de D’Alessio – IROL Berensztein preguntó a los participantes cómo consideraban que impactará en su imagen. El 30% opina que se mantendrá sin cambio, pero muy cerca, el 28% de los encuestados opinó que impactará positivamente porque reforzará la idea de que exista una persecución política en su contra. En tercer lugar, el 19% también cree que impactará positivamente, porque se mantiene en el centro de las noticias. Entre ambos suman el 47%. No obstante, este pronóstico aún no se percibe: Cristina Kirchner continúa con una imagen positiva muy desgastada (en torno al 28/30%), al igual que todos los dirigentes del oficialismo.

Cristina Kirchner deberá convertirse en su propio Alberto Fernández para poder competir en las elecciones

¿Puede cambiar? Si la situación económica se estabiliza, se cierra la brecha cambiaria, el eventual desdoblamiento cambiario funciona, la inflación desacelera; es decir, si la economía muestra algunos signos de relativa mejora, el FdT en general podría recuperar algo de competitividad. Y esto incluye obviamente a Cristina Kirchner.

A su vez, requerirá que la vicepresidente deje de hablar de cuestiones divisivas que la alejan de la clase media. Está obligada a convertirse en su propio Alberto Fernández de 2019 para lograr cosechar algunos votos de centro. Únicamente con los votos de los sectores duros no será suficiente. En la medida que el kirchnerismo se radicaliza, pierde competitividad electoral. Y la que mejor conoce esta fórmula es la propia vice que, en 2015, eligió a Daniel Scioli como su sucesor y en 2019 hizo lo propio con el actual mandatario, candidatos moderados que podían proyectar un perfil que figuras más afines a ella no podían.

Cristina podría entusiasmarse aún más con el eventual regreso de Lula da Silva a la presidencia de Brasil. La primera vuelta en el país vecino se realizará el 2 de octubre y el líder del PT es el gran favorito, frente a un Jair Bolsonaro que parece recuperarse, pero aún no le alcanza. La pregunta que la vicepresidente seguramente se hace es si Lula puede volver por qué yo no.

Sin embargo, dos grandes diferencias pronostican un escenario más complejo para Cristina y confirman el eventual giro moderado que necesita dar si pretende ser competitiva. Primero, Lula vuelve desde la oposición al gobierno, no desde un desgastado y debilitado oficialismo. Segundo, y más importante, hay que prestar atención a “qué Lula” es el que volvería, luego de mostrarse junto a Fernando Henrique Cardoso y elegir como compañero de fórmula a Geraldo Alckmin. El exgobernador de San Pablo es un católico conservador que en el pasado fue muy crítico de la gestión del PT. Su partido, la Social Democracia Brasileña (PSDB), fue uno de los actores del impeachment a Dilma Rousseff en 2016 y participó del gobierno de su sucesor, Michel Temer. Impeachment que el kirchnerismo ve como parte de un proceso de persecución a líderes progresistas de Latinoamérica.

Cristina Kirchner deberá convertirse en su propio Alberto Fernández para poder competir en las elecciones

¿Cristina estaría dispuesta a tal nivel de apertura y moderación, incluso en detrimento de sus banderas de law fare y supuesta persecución judicial? La designación de Sergio Massa, al frente de la cartera de Economía, el acercamiento a Estados Unidos, la corrección macroeconómica, las negociaciones con el FMI, parecen ser algunos primeros pasos en esta dirección.

Si estos pasos se aceleran, el destino podría ser incluso la aplicación de un amplio plan de estabilización para la economía argentina; en cambio, si se retrotraen, el riesgo es que la crisis vuelva a mostrar su peor faceta (aceleración inflacionaria y aumento de la brecha), probablemente ya sin margen de maniobra para ensayar una nueva corrección antes de los comicios. La misa en Luján y el acercamiento a sectores del catolicismo podrían ser también parte de este giro pragmático en otras dimensiones no económicas y vinculado a temas distintos. De todas formas, son apenas gestos tibios en comparación a la moderación y apertura que parece estar ensayando Lula.

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