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Tránsito violento: siete pautas para cambiar el relato salvaje

¿Cuáles son las causas de la escalada de siniestros severos que venimos viviendo? Mejorar la infraestructura, ajustar los controles e imponer penas más severas son algunas de las claves para revertir la situación.

Durante 2020, repetimos la consigna como un mantra: saldremos de la pandemia mejores, seremos más tolerantes, le daremos mayor valor a la vida. Y cuando se levantaron las restricciones y volvimos a la llamada nueva normalidad, aquel deseo, provocado quizá por el aislamiento, fue perdiendo peso. En el espacio común a todos, la calle, como peatones, ciclistas, motociclistas o automovilistas empezamos a experimentar sensaciones de riesgo, poco amorosas y placenteras.

Más allá de las estadísticas que nos dicen que hay menos accidentes viales que en otras épocas, todos percibimos la intolerancia, la ansiedad y la violencia al volante y, también, podemos ver los siniestros nuestros de cada día, los que impactan por sus causas y consecuencias.

Qué nos está pasando con el tránsito

Fabián Pons, ingeniero, presidente de OVILAM (Observatorio Vial Latinoamericano) sostiene que “en la post pandemia, la cantidad de siniestros no solo creció en cantidad sino en severidad”.

Pero, ¿qué genera esta situación? “Durante mucho tiempo, hubo gente que no condujo un vehículo y ahora se encuentran fuera de tiempo y de distancia, molestando en el tránsito. Mezclados con ellos, están todos los que fueron personal esencial, que sí estuvieron manejando en calles y avenidas despejadas de vehículos y, por lo tanto, hubo un aumento de la velocidad con que se condujo en esa etapa. Esa mezcla con estos dos tipos de actores genera el aumento de la severidad en la siniestralidad”, agrega Pons.

Nos cuesta entender cómo se llega a descargar tanta violencia al volante. EFE
Nos cuesta entender cómo se llega a descargar tanta violencia al volante. EFE

Claro que lo que a todos nos eriza la piel mientras transitamos calles, avenidas o autopistas, es lo rápido que se circula y la furia con la que se conduce. Esto también tiene explicación, aunque no aprobación.

“Por otro lado, también está repercutiendo y mucho en esta post pandemia este efecto de ira, de bronca y de malestar combinado con la situación política del país, las frustraciones, la incertidumbre, y lo que se nota muy claramente es el aumento de la agresividad que hay. La gente está muy irascible, no permite ningún tipo de error en el otro, está terriblemente maleducada. Lo podemos ver prácticamente todos los días en el uso indebido de las banquinas, por ejemplo”, agrega el especialista.

El efecto “Bombita” en el tránsito de la post pandemia

Por momentos, nos sentimos parte de un relato salvaje con coches que driblean o que nos pasan tan cerca que nos dejan sin aliento, bocinazos que aturden, bicicletas y motos que zigzaguean entre un mar metálico que se mueve en masa y a paso de hombre. Y lo que no se ve, pero se siente: conductores rumiando bronca, los que solo miran hacia adelante buscando quizá una luz de despeje en ese camino que solo ofrece hostilidad y poca esperanza de llegar ileso y a tiempo a destino.

“Cuando uno pierde puntos de reparo, conceptuales, pero aparte espaciales y cognitivos con el mundo obviamente también se sitúa mal. Por ejemplo, para simplificarlo, si yo he aprendido a no manejar mi cuerpo por estar encerrado durante mucho tiempo o por no manejarme en el trato con los otros por ese tema, es evidente que voy a actuar de una manera más torpe y en exclusión del otro. Y este es un concepto bastante importante, la gente empezó a funcionar con las mismas reglas que tiene el homeworking”, aporta Enrique De Rosa Alabaster (M.N. 63.406), psiquiatra y perito forense.

Nos cuesta entender cómo se llega a descargar tanta violencia al volante. Para De Rosa, estas conductas tienen que ver con lo que no se trata, con lo que vamos tapando hasta que un día eclosiona: “El aspecto cerrado, guardado en el inconsciente colectivo de lo caótico, hace erupción por el lado menos esperado. Al no dejar el control regulado, como ocurre con una olla a presión y su válvula de escape, esas fuerzas que se tapan en algún momento erupcionan en forma incontrolable. Y esto es parte de lo que estamos viviendo ahora, en todas las áreas. Y cuando una persona cuenta con un instrumento, como lo es un vehículo, canaliza y potencia la agresividad con algo que lo amplifica”.

Por qué manejamos tan mal

Creemos que el manejo no tiene secretos para nosotros. Conocemos todas “las trampas” de la calle, la que, más allá de las leyes del tránsito, siempre es nuestra. Tenemos más derechos que responsabilidades, en fin, somos argentinos y… protagonistas de multiplicidad de accidentes. Es en esos trágicos momentos cuando sobreviene la pregunta: ¿por qué manejamos tan mal?

El ingeniero Pons argumenta varias causas:

  1. Nuestro sistema de otorgamiento de licencias de conducir es terriblemente laxo, con exigencias mínimas.
  2. En general, podemos ser más o menos buenos conduciendo un vehículo, pero para manejarnos en el tránsito necesitamos conocer las reglas.
  3. No tenemos educación vial.
  4. Carecemos de controles dinámicos que hacen que la policía o los cuerpos especializados conduzcan al ritmo del tránsito y viendo los problemas y las infracciones que se cometen.
  5. Nuestra legislación es antigua y, a pesar de que existe una Ley Nacional de Tránsito, cada provincia o municipio puede imponer sus normas y esto incluye control de alcoholemia, velocidades, exigencia de documentación o de elementos obligatorios muy distintos.
  6. Una infraestructura pésima.

Por su parte, De Rosa agrega que “el comportamiento que se ve en la calle es claramente de gente bajo los efectos de los psicofármacos”.

Tránsito violento: siete pautas para cambiar el relato salvaje

Qué hacer para evitar accidentes de tránsito

Nos lo preguntamos cotidianamente, aunque la solución no parece ser tan sencilla. Pero se impone empezar por observar y aceptar lo que está mal para poder buscar las soluciones posibles y empezar a trabajar en ese sentido. Desde OVILAM, Pons se pone, figurativamente, en el rol de un ministro de Transporte o de un director de la Agencia de Seguridad Vial y sugiere:

  • Cambiar la Constitución para tener una sola Ley de Tránsito Nacional y si esto no fuera posible, establecer una cantidad de lo que se llama “mínimos comunes” para que podamos movernos por el país con los mismos criterios viales.
  • Dar educación vial en la escuela en forma transversal, tomando el modelo europeo que se aplica en cuatro niveles de acuerdo a la edad e impartido, no por maestras (en nuestro país el 70% no maneja y no tiene experiencia en este campo), sino por especialistas en el tema con los elementos pedagógicos necesarios. La educación vial es una apuesta a largo plazo que puede dar sus frutos dentro de 15/20 años.
  • Dejar de proponer alcoholemia 0 porque es de cumplimiento imposible. Un modelo exitoso es la Ley Emilia que se aplica en Chile, donde se tienen que hacer controles de alcoholemia preventivos y cuando al conductor le encuentran más de 1 gramo de alcohol en sangre se lo considera delito y, automáticamente, se le retira la licencia como mínimo un año y va preso como mínimo una semana.
  • Modificación de todos los sistemas de control. Por ejemplo, saturar con controles de alcoholemia al modo en que lo hace Finlandia con el 70% de la población supervisada.
  • Imponer un sistema de otorgamiento de licencias mucho más exigente.
  • Mejorar la infraestructura actual, por ejemplo, modernizando los sistemas de comunicación inteligente, generando sistemas detectores de niebla, nueva señalización, mejora de banquinas.
  • Trabajar mucho en la concientización, puntualizando en un segundo o tercer nivel, es decir, no diciéndole “si tomaste no manejes”, sino explicando, por ejemplo, un proceso de alcoholemia, de desalcoholización.

Los caminos se hacen andándolos, la seguridad se logra con la conciencia puesta en el camino. Se impone entonces un rápido despertar y mucha perseverancia para entender que los pasos que nos lleven fuera de esta vía salvaje por la que transitamos diariamente requieren que saquemos el pie del acelerador, suavicemos las manos al volante y, especialmente, empecemos a priorizar la vida.

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